Elemental

Los espíritus elementales son los seres que habitan en los cuatro elementos de los que se compone el mundo: agua, tierra, fuego y aire. Paracelso los catalogaba así: las ondinas o ninfas habitaban en el agua, los gnomos o pigmeos en la tierra, las salamandras o vulcanos son los que viven en el fuego y los silfos o silvestres pertenecen al aire, aunque decía que esos nombres no eran sus verdaderos apelativos y que les fueron impuestos por los hombres.

Según el Tratado sobre los elementales, existen dos especies de naturalezas: la de Adán, tangible y corpórea, formada del barro, y la de los espíritus, que son invisibles, inmortales y capaces de atravesar cualquier objeto sólido. Luego están los elementales, que disfrutan de una mezcla de las dos naturalezas anteriores. Los hombres pertenecen a la primera naturaleza porque están formados de carne y hueso, tienen alma y pueden comer, hablar, reproducirse, etc., los espíritus no tienen ni necesitan nada de lo anteriormente dicho, y finalmente están los elementales, que tienen aspecto humano y pueden engendrar, comer, morir o enfermar como nosotros, pero son ligeros como los espíritus, pueden volar y carecen de alma.

Conocen el presente, el pasado y el futuro y son los encargados de custodiar tesoros. Cuando mueren, al carecer de un alma inmortal, desaparecen por completo. Su carácter y aspecto es variable como ocurre con los hombres y los hay buenos, malvados, tímidos, amables, curiosos, etc. Tienen un idioma propio, leyes y gobernadores, además de que trabajan y confeccionan ellos mismos sus vestimentas.

Los elementos en los que vivían estos seres equivaldrían a la atmósfera en la que vivimos los humanos, así que su densidad variaba en relación a este aspecto. Los silfos, al vivir en el aire, que es el elemento más ligero, eran los más sólidos y densos, semejantes a los hombres, mientras que los gnomos, al tener la tierra como atmósfera, eran sumamente ligeros y podían atraversarla de igual manera que nosotros penetramos en el aire. Los elementales no podían vivir en elementos que fueran más pesados que el suyo, por ejemplo: una ondina podía vivir en tierra firme, porque el aire es más ligero que el agua, en cambio, un silfo, que vive en el elemento más ligero, se ahoga si es llevado al agua, es aplastado bajo la tierra y se consume por la acción del fuego.

En lo referente a su aspecto, las más parecidas a los humanos eran las ondinas, tanto sus mujeres como sus hombres; los silfos tienen un aspecto más denso, de mayor tamaño y robustez; los gnomos son los más pequeños, alcanzando unos dos palmos de alto (40/50 cm), mientras que las salamandras eran las más delicadas, esbeltas y donairosas.

No sólo podían reproducirse entre ellos, sino que también podían tener prole con humanos. Los elementales buscaban estos encuentros amorosos porque la única manera en la que podían obtener un alma inmortal y entrar en la cristiandad era casándose con una persona. Los hijos de este tipo de relación nacían con alma porque la heredaban del padre o la madre de naturaleza adámica. Las salamandras, que eran las más longevas de estos seres, no buscaban con ansia un encuentro de este tipo, pero el resto de elementales que vivían menos, como las ondinas, se acercaban con más frecuencia a los hombres buscando el matrimonio para poder salvarse. El Demonio aborrece a los elementales e intenta evitar estas uniones, por lo que se encarga de meterles miedo de acabar en el infierno si consiguen un alma y de hacer creer a los humanos que estos espíritus son demonios. A los gnomos, por vivir bajo tierra y estar más cerca del infierno, los engaña y usa para realizar pactos con los hombres: éstos rechazan la inmortalidad de su alma a cambio de tesoros.

En caso de que se traicionase la confianza del cónyuge sobrenatural, éste huiría, pero tendría que tenerse en cuenta que la unión del matrimonio seguiría vigente y, si el humano abandonado se casara de nuevo, su antigua pareja volvería para vengarse. Al casarse un humano con un elemental compartirían destino, y si uno de los dos muriera, el otro también. Para deshacer esta unión, ambas partes deberían estar de acuerdo y renunciar a su vínculo.

Podía darse el caso de que naciera una descendencia deforme o monstruosa de los elementales: de las ondinas nacían sirenas, mitad mujer y mitad pez, los silfos engendraban gigantes; los gnomos, enanos; y las salamandras, cometas, luces en el cielo que no seguían una órbita establecida.

En El Conde Gabalis, cuya autoría pertenece al abad de Villars, un sabio cabalista enseña al protagonista de la obra los secretos de los elementales. En cierto punto le afirma que Adán debía reproducirse con las hembras de estos seres para poblar la tierra con una descendencia noble y superior a la que tendría con Eva, pero fue débil y mantuvo relaciones con su compañera humana, siendo este el pecado original. Luego, Noé, tras el Diluvio, aprendería del error de su antepasado y permitió que su esposa y las de sus hijos se reprodujeran con elementales para repoblar el mundo, aunque uno de ellos se negó. También dijo que los cabalistas y los sabios debían buscar el matrimonio con una elemental, pues no sólo las ayudaban a obtener un alma, sino que también así conseguirían una compañera que superaría en belleza a cualquier mujer normal y corriente.

Mago invocando a los elementales desde un círculo mágico - Augustus Knapp

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