Las keshali o kešali son unos espíritus femeninos de las leyendas y cuentos gitanos de Europa del Este. Los gitanos ingleses también las conocen como kešalgo. Eran las hermosas hijas del Rey Niebla y vivían con él en su palacio, pero fueron expulsadas cuando el Rey Sol mató a su madre y su padre se puso de luto; desde entonces habitan en las montañas y los bosques.
Pasan los inviernos durmiendo en profundas e inaccesibles cuevas y, cuando empiezan a fundirse las nieves, envían un cuco para que compruebe si ha llegado ya la primavera. Al verlo revolotear y cantando para avisar a sus dueñas, los gitanos dicen: «El cuco está cantando, pronto despertarán las kešali». Al llegar el buen tiempo, se sientan en la cima de las montañas y cantan mientras se peinan con un peine de oro. Al hacerlo, sus finos y etéreos cabellos kilométricos se extienden por los montes y bosques formando la niebla y, si tienen piojos, el granizo.
Son de carácter bondadoso y protegen a los recién nacidos con un hilo rojo que se manifiesta como una marca en sus cuellos. También pueden vestirlos con una camisa que han tejido con sus propios cabellos, tan fina y transparente que nadie puede verla. Los que son bendecidos con estos regalos tendrán buena suerte toda su vida. A pesar de su naturaleza amigable, pueden vengarse de forma terrible si son ofendidas.
Cuando una kešali se enamora de un gitano, le arroja una cuerda dorada por la noche y lo despierta de su sueño. Entonces el muchacho sigue el hilo y se adentra poco a poco en las montañas hasta llegar a la cima, donde le espera la kešali. El amor que acaba profesándole es tan intenso que se olvida de su familia y hogar, por lo que acaba viviendo con ella en lo alto de las montañas. Lamentablemente, su felicidad no dura mucho, porque los hijos que tienen las kešali mueren al poco de nacer y la madre, en su dolor, torna sus vestidos en negro luto, abandona a su amado y se retira a lugares inalcanzables para cualquier hombre. Al verse desamparado y solo, el joven esposo acaba muriendo de tristeza.
Las kešali tienen una reina llamada Ana y era tan bella que hasta el rey de los loçolicos se enamoró de ella y le pidió matrimonio, pero su aspecto repulsivo y su violenta naturaleza ahuyentaron a Ana y se encerró en su castillo de negras piedras. En reprimenda, el rey Loçolico mandó entonces a sus súbditos a que atacasen y devorasen a las kešali. Al final, Ana salió de su fortificación y aceptó casarse con su horrible pretendiente para salvar a su pueblo.
La desdicha de Ana fue a más porque, aunque rechazaba mantener relaciones con el Rey Loçolico, éste la drogó dándole de comer sesos de urraca y abusó de ella cuando estaba inconsciente. De esta forzosa unión nació el demonio Melalo, que desde entonces se dedicó a aconsejar a su padre para que engendrara más hijos con Ana. Tras Melalo nacieron los demonios Lilyi, Tçulo, Tçasridyi, Schilalyi, Bitoso, Lolmischo, Minceskro y Poreskoro. Estos hermanos son la causa de todas las enfermedades y plagas que azotan a los humanos.
Cuando nació Poreskoro, el último y más monstruoso de sus hijos, el Rey Loçolico se horrorizó de sus actos y acordó divorciarse de Ana tras un pacto: los loçolico no atacarían nunca más a las kešali mientras Ana siguiera con vida, pero éstas debían entregarse a ellos voluntariamente para ser devoradas cuando llegaran al límite de sus vidas a los 99 años (o 999 según otras versiones).
Desde entonces Ana permanece recluida en su castillo de piedras negras, donde tres kešali le dan de beber a diario sangre de su mano izquierda para mantenerla con vida. Las pocas veces que sale, lo hace bajo la apariencia de un sapo con la tripa dorada; aquel que se la encuentre y siga sus pasos acabará encontrando grandes tesoros ocultos. Por desgracia, cuando toma esta forma también deja a su paso una sustancia que revitaliza a sus hijos, los demonios de la enfermedad.
Pasan los inviernos durmiendo en profundas e inaccesibles cuevas y, cuando empiezan a fundirse las nieves, envían un cuco para que compruebe si ha llegado ya la primavera. Al verlo revolotear y cantando para avisar a sus dueñas, los gitanos dicen: «El cuco está cantando, pronto despertarán las kešali». Al llegar el buen tiempo, se sientan en la cima de las montañas y cantan mientras se peinan con un peine de oro. Al hacerlo, sus finos y etéreos cabellos kilométricos se extienden por los montes y bosques formando la niebla y, si tienen piojos, el granizo.
Son de carácter bondadoso y protegen a los recién nacidos con un hilo rojo que se manifiesta como una marca en sus cuellos. También pueden vestirlos con una camisa que han tejido con sus propios cabellos, tan fina y transparente que nadie puede verla. Los que son bendecidos con estos regalos tendrán buena suerte toda su vida. A pesar de su naturaleza amigable, pueden vengarse de forma terrible si son ofendidas.
Cuando una kešali se enamora de un gitano, le arroja una cuerda dorada por la noche y lo despierta de su sueño. Entonces el muchacho sigue el hilo y se adentra poco a poco en las montañas hasta llegar a la cima, donde le espera la kešali. El amor que acaba profesándole es tan intenso que se olvida de su familia y hogar, por lo que acaba viviendo con ella en lo alto de las montañas. Lamentablemente, su felicidad no dura mucho, porque los hijos que tienen las kešali mueren al poco de nacer y la madre, en su dolor, torna sus vestidos en negro luto, abandona a su amado y se retira a lugares inalcanzables para cualquier hombre. Al verse desamparado y solo, el joven esposo acaba muriendo de tristeza.
Las kešali tienen una reina llamada Ana y era tan bella que hasta el rey de los loçolicos se enamoró de ella y le pidió matrimonio, pero su aspecto repulsivo y su violenta naturaleza ahuyentaron a Ana y se encerró en su castillo de negras piedras. En reprimenda, el rey Loçolico mandó entonces a sus súbditos a que atacasen y devorasen a las kešali. Al final, Ana salió de su fortificación y aceptó casarse con su horrible pretendiente para salvar a su pueblo.
La desdicha de Ana fue a más porque, aunque rechazaba mantener relaciones con el Rey Loçolico, éste la drogó dándole de comer sesos de urraca y abusó de ella cuando estaba inconsciente. De esta forzosa unión nació el demonio Melalo, que desde entonces se dedicó a aconsejar a su padre para que engendrara más hijos con Ana. Tras Melalo nacieron los demonios Lilyi, Tçulo, Tçasridyi, Schilalyi, Bitoso, Lolmischo, Minceskro y Poreskoro. Estos hermanos son la causa de todas las enfermedades y plagas que azotan a los humanos.
Cuando nació Poreskoro, el último y más monstruoso de sus hijos, el Rey Loçolico se horrorizó de sus actos y acordó divorciarse de Ana tras un pacto: los loçolico no atacarían nunca más a las kešali mientras Ana siguiera con vida, pero éstas debían entregarse a ellos voluntariamente para ser devoradas cuando llegaran al límite de sus vidas a los 99 años (o 999 según otras versiones).
Desde entonces Ana permanece recluida en su castillo de piedras negras, donde tres kešali le dan de beber a diario sangre de su mano izquierda para mantenerla con vida. Las pocas veces que sale, lo hace bajo la apariencia de un sapo con la tripa dorada; aquel que se la encuentre y siga sus pasos acabará encontrando grandes tesoros ocultos. Por desgracia, cuando toma esta forma también deja a su paso una sustancia que revitaliza a sus hijos, los demonios de la enfermedad.
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| Ilustración de L.M. Alexeevskaya para Сказки цыган, de Nikolay Kun |
Fuentes
Berger, Hermann: Mythologie der Zigeuner. Stuttgart (1984).Clébert, J.P.: Los gitanos. Ediciones Orbis, Sant vicenç dels horts (1985).
Кун, Николай: Сказки Цыган. СЗКЭО, San Petersburgo (2023).
Pavelčík, Nina y Jiří: Myths of the Czech Gypsies. Nanzan University (2001).











