Moloch

Moloch (hebreo: מ־ל־ך; rey), adaptado también como Melech, Malik, Melkart, Milkom o Molech, entre otros, es una deidad cananea demonizada por el cristianismo. El tomo V de The mythology of all races dice de él que se trataba de un dios solar, identificado principalmente con los aspectos negativos del sol, como el ardiente y seco calor del verano.

En la Biblia se le menciona en varias ocasiones recibiendo sacrificios humanos, especialmente de niños. Esto se atestigua en Levítico 18:21: «Y no des hijo tuyo para ofrecerlo por fuego a Moloc; no contamines así el nombre de tu Dios. Yo Jehová». Aquellos que adoraban a Moloch y le ofrecían sacrificios, cometían una gran afrenta contra Dios y debían ser condenados a muerte por lapidación según se ve en Levítico 20:2-5. Los israelitas realizaban estos sacrificios en Tofet, un lugar cercano a Jerusalén en el valle de Gehena (Jeremías 32:35).

A esta deidad pagana se le representaba como un hombre con cabeza de toro llevando una corona. Sus estatuas estaban hechas de bronce y lo mostraban sentado sobre un trono del mismo metal, con la boca abierta y los brazos extendidos con las palmas de las manos hacia arriba. En el interior de la estatua se encendía un fuego y los sacrificios eran arrojados a él a través de su boca, aunque a veces se colocaban a los niños sobre sus manos y un mecanismo con cadenas los elevaba hasta su boca.

El Diccionario infernal de Collin de Plancy dice de él que es un demonio adorado por los amonitas, príncipe del país de las lágrimas y miembro del consejo infernal. Bajo el nombre de Melchom le hace cuidador del tesoro de los infiernos y el encargado de pagar con él  a los funcionarios públicos. También dijo de él que su mes era el de diciembre y que el representante humano que tenía en la tierra era Nicolás, un médico de Aviñón.

En Cartago se identificaba a dioses como Moloch o Baal con Crono, al que también ofrecían el sacrificio de niños. Plutarco lo menciona en el tomo II de su Moralia, donde dice que los cartaginense en persona, siendo plenamente conscientes de sus actos, sacrificaban a sus propios hijos o se los compraban a los pobres si no tenían. La madre que hubiera vendido a su hijo debía estar presente durante el ritual y mostrarse inflexible y sin llorar, pues de lo contrario perdía el dinero y su hijo era sacrificado igualmente. Para amortiguar los gritos de auxilio, se llenaba el lugar con el ruido de flautas y tambores.

Un niño siendo entregado en sacrificio a Moloch - Charles Foster

Huldra

Las hulder, también llamadas huldra (del nórdico antiguo: hylja; esconder, cubrir), son unos seres feéricos del folklore escandinavo. Principalmente eran espíritus femeninos de las montañas que cuidaban del ganado y del bosque. Según el segundo volumen de The mythology of all races, ya eran mencionadas en el siglo XIII, haciendo acto de presencia en colinas como hermosas muchachas vestidas de azul o gris, pero se diferenciaban de las humanas normales porque poseían cola y tenían la espalda hueca. El pueblo de estos espíritus era conocido como huldrefolk («gente escondida») y a sus hombres se les llama huldrekall. Posiblemente sean una reminiscencia de la antigua diosa pagana Holda.

Las hulder eran famosas por sus bellos y melancólicos cantos, capaces de producir tristeza o fascinación. Son aficionadas al baile y pueden aparecer en fiestas y celebraciones realizadas por los humanos. Si el muchacho que baila con ella se percata de su cola, debe avisarla cortésmente sin revelar su naturaleza sobrenatural diciéndole que va a perder su liguero. Entonces, la huldra se desvanece y más tarde premia al chico con regalos o entregándole parte de su ganado mágico.

Huldra también es el nombre con el que se conocería a la reina de los huldrefolk, o hadas, de verdes vestidos y que habitan en montículos, donde sus tristes melodías (huldreslaat) atraen a los hombres. Los huldrekall salen en busca de humanas para convertirlas en sus esposas. Un joven encontró a uno de estos seres cortejando a su amada, le disparó una bala de plata y tuvo que huir con ella perseguidos por todos los huldrefolk. La joven pareja logró deshacerse de ellos al pasar por un campo de centeno, pero al final se vengaron quemando la casa de los enamorados.

En Suecia se les conoce como skogsrå («espíritu guardián del bosque»), donde se les considera más peligrosas, pues se dedicaban a cortejar a los hombres y perderlos en el bosque. Si un cazador mantenía relaciones con una skogsrå y la trataba bien, ésta lo guiaba hasta buenas piezas de caza, pero si no, lo castigaba. A veces sus encuentros no eran fatales y tan sólo querían formar una familia, pero los hombres que eran descubiertos con uno de estos seres eran condenados a muerte.

Grabado de Ridley Borchgrevink

Osa de Ándara

La Osa de Ándara es un personaje de folklore cántabro identificado como una mujer velluda de gran estatura y fuerza que habitaba en la región montañosa de Ándara. Este ser de leyenda podría tener su origen en una mujer real que vivió en las faldas de los Picos de Europa durante la segunda mitad del siglo XIX. En el Bestiario del norte se dice que se trataría de una pastora de Bejes nacida alrededor del 1818. Afectada por algún tipo de hirsutismo o hipertricosis, dejó atrás el contacto humano por vergüenza y se aisló en las montañas, donde subsistía a base del pastoreo y los frutos del bosque.

El etnólogo Adriano García-Lomas dice de ella en su Mitología y supersticiones de Cantabria que era sumamente forzuda y brava, pero rara vez mostraba su agresividad a no ser que la atacaran. Se vestía con viejos harapos hechos con las pieles de los cabritillos de su pequeño rebaño. Este personaje contaba con una larga melena enmarañada; su rostro recordaba al de una mujer madura de facciones desdibujadas posiblemente por el vello; cuando se irritaba se ponía medio bizca; sus brazos y piernas estaban cubiertos de una pelambrera semejante a la de los osos y sus manos eran terrosas, grandes y gruesas.

En verano vivía en el pico del Grajal y la peña del Mancondio y, de octubre a marzo, conforme llegaba el invierno, se trasladaba a las cavernas de la entrada de Ujo, por la parte de la Hermida, ahuyentada por las nieves. Se alimentaba de leche, castañas, raíces, maíz crudo, panales de miel, madroños, bayas y grosellas. Además, tenía bajo su cuidado un pequeño rebaño de ovejas y cabritos, el cual solía aumentar raptando algún rebeco recién nacido. Cuando contaba con otra cría para sustituir sus reses, se daba el lujo de comerse cruda una de sus cabras rugiendo como una fiera. Según dicen, cada tres o cuatro años se afeitaba todo el cuerpo, cuando tocaba esquilar sus ovejas, y se recogía como un anacoreta en la llamada Cueva de la Mora, en la Peña Ventosa.

Grabado de Mitología y supersticiones de Cantabria - Adriano García-Lomas

Simiot

En la frontera entre Francia y Cataluña, en la zona pirenáica oriental, se encuentran leyendas sobre los simiots, unos seres malignos del folklore catalán mitad hombre y mitad bestia. Según su nombre, su aspecto puede ser similar al de un simio y, por lo general, se les describe como criaturas peludas con cuernos, una larga cola y garras en lugar de manos. Habitan en los árboles del Valle del Tec y tienen la capacidad de invocar con sus gritos tempestades, vientos y granizos que destrozan los cultivos. Por las noches descienden de las montañas y se cuelan por las chimeneas en las casas de los poblados vecinos para aterrorizar a los lugareños y secuestrar niños. Algunos folkloristas, como Joan Amades, los comparan con antiguas divinidades silvestres como los faunos, los sátiros o el dios Pan, por lo que también se les suele atribuir patas de cabra. El mismo autor recogió en su Costumari Catalá la creencia en que los simiots tenían un rey que se distinguía de sus súbditos por su pelaje, ya fuera porque era siete veces más largo de lo normal o porque estaba cubierto de hierba.

Una plaga de estas criaturas asoló la región de Arles del Tec, haciendo que se perdieran cosechas, muriera el ganado, se secaran las fuentes y que no cayera una gota de cielo. El abad del monasterio de Arles, en Vallespir, llamado Arnús o Arnulf, supo por inspiración divina que aquella terrible plaga podría conjurarse con los cuerpos de unos santos. Emprendió un viaje a Roma y oró ante los sepulcros de san Pablo y san Pedro. El Papa de la época pasó cerca de él mientras rezaba y lo vio orar con tal fervor y devoción que entendió que un gran mal y necesidad le había llevado hasta allí. Cuando acabó de rezar, el Papa le preguntó el motivo de su viaje y, al escuchar su historia, le dijo que siguiera rezando con la misma pasión, tarde o temprano recibiría una respuesta divina de qué santos le servirían de ayuda. Arnús siguió con sus rezos y esa misma noche surgió un resplandor y un dulce olor de los sepulcros de san Abdón y san Senén. Éstos fueron, según las leyendas, reyes persas que abrazaron el cristianismo y por esto fueron martirizados. A pesar de no tener nada que ver con Cataluña, sus cuerpos fueron trasladados a Arles, cuya presencia espantó mágicamente a los simiots y devolvió la tranquilidad a la zona. Por este logro, son conocidos en la región con los apelativos cariñosos de sant Nin y sant Non, patrones de la agricultura.

Joan Amades sigue diciendo en su Costumari Catalá que la noche del 31 de diciembre los simiots volvían a las andadas y era peligroso salir de los pueblos o adentrarse en los bosques cuando empezaba a oscurecer. En El gran libre de les criatures fantàstiques de Catalunya se cuenta que que un campesino de Montboló, localidad vecina de Arles, sorprendió a dos brujas intentando convocar a los simiots para provocar tempestades, pero la protección de los santos sobre el lugar se lo impidió. Por esto se celebra cada 30 de julio la procesión de la Rodella. Aunque los santos protegían a Arles, los simiots volvieron a aparecer a principios del siglo XV en Batet, Begudà y Santa Pau, en la Garrotxa, ya que aquellas tierras fueron invadidas por unos extraños animales muy peludos y de gran fuerza. Por esta razón fue levantada una capilla en honor a san Abdón y san Senén en la cima del Puigsacreu y se compusieron unos cantos para contar con su proteccion:

Des del cim de Puigsacreu us cantarem amb gaubança: Abdó i Senen, sants de Déu, és Crist nostra esperança.
[...]
Vostres cossos venerats per Arnulf i l'abadia, els simiots, desterrats per salvar la pagestia.
Desde la cima de Puigsacreu os cantaremos con regocijo: Abdón y Senen, santos de Dios, es Cristo nuestra esperanza.
[...]
Vuestros cuerpos venerados por Arnulf y la abadía, los simiots desterrados para salvar la agricultura.

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Duendes mineros

A lo largo de toda Europa se pueden encontrar duendes o seres feéricos relacionados con las minas. Los más famosos de ellos son los knockers (inglés: picadores, golpeadores) de Cornualles, también conocidos como knackers o buccas, término que usaban en la zona para referirse a los duendes. Eran amigos de los mineros y les indicaban con el sonido de sus picos dónde había ricas vetas de metal, en especial las de estaño. Se creía que los knockers eran en realidad los espíritus de los judíos que asistieron a la crucifixión de Cristo y que fueron llevados a las minas de Cornualles por los romanos como castigo. Algunos mineros también afirmaban ver en los túneles a pequeños diablillos, pero podría tratarse de maliciosos spriggans que están protegiendo algún tesoro.

Pese a ser amigables y mantenerse alejados de la vista de los humanos, había cosas que se debía evitar hacer para no molestarlos, como espiarlos, ser malhablado, silbar o mostrarles el símbolo de la cruz, ya fuera portando una, dejando las herramientas cruzadas o marcando lugares con dicho símbolo.

Cuenta Katharine Briggs en su Quién es quién en el mundo mágico que, por regla general, únicamente se los podía oír, pero de vez en cuando alguien los veía y hasta podía llegar a hablar con ellos. En el fondo de una mina, cerca de Bosprenis, había unos knockers a los que se oía estar especialmente ocupados; la gente pensaba que allí debía haber un filón muy rico, pero la mayoría tenía miedo de aventurarse a entrar porque, como a la mayoría de las criaturas mágicas, no les gusta que los espíen. Un viejo, junto a su hijo, llamados ambos Trenwith, se animaron a entrar a medianoche en vísperas de San Juan y a vigilar hasta que vieran a la «gente diminuta» sacar el brillante mineral. El viejo Trenwith hizo un trato con ellos. Les habló correctamente y les dijo que se ocuparía de resolverles el problema de separar el mineral, si les permitían, a él y a su hijo, trabajar en el filón . Él extraería el material, lo limpiaría y les daría la décima parte de todo lo que obtuviera, siempre que quisieran. Estuvieron de acuerdo y el hombre respetó el trato. Compartiendo de esa manera el mineral, los dos mineros se hicieron ricos muy pronto. Todo iba bien mientras el viejo vivía, pero cuando murió, su hijo empezó a escatimar a los picadores lo que les correspondía y no pasó mucho tiempo hasta que se dieron cuenta de que los estafaba. Se agotó entonces el filón y el hijo no consiguió encontrar más estaño en ninguna parte de la mina. Se entregó a la bebida y al final murió en la miseria.

En cierta manera, les salió bien a los Trenwith el espiar a los knockers, ya que llegaron a un acuerdo con ellos, pero un tipo llamado Barker no tuvo tanta suerte al obsesionarse con estas criaturas. Barker era un vago y un haragán que descubrió que unos knockers habitaban en el pozo de la parroquia de Towednack, por lo que decidió escondonderse día y noche tras unos helechos para observar sus itinerarios. Así descubrió que descansaban en el sabbat judío, el día de Navidad, en Pascua y durante el día de Todos los Santos. Tanto tiempo los estuvo espiando que hasta llegó a entender parte de su lenguaje. Él creía que había pasado desapercibido para ellos, pero un día los oyó comentar dónde iban a guardar sus bolsas de herramientas. Uno dijo que la guardaría en un agujero; otro, que la guardaría bajo unos helechos y un tercero dijo: «Yo la pondré sobre las rodillas de Barker». Al instante, un peso plomizo e invisible cayó sobre las rodillas del espía y quedó tullido para siempre.

Un hombre conocido como Capitán Mathy también consiguió ver a los knockers y dio una descripción de ellos. Su encuentro fue totalmente fortuito ya que, siguiendo el sonido de sus golpes para encontrar un buen filón de metal, abrió una apertura en la roca y allí pudo ver a tres de estos espíritus. Según sus palabras, no eran más grandes que un muñeco, pero en sus caras, ropas y ademanes recordaban a viejos y vigorosos mineros de estaño. El de en medio estaba sentado sobre una roca, se había quitado la chaqueta y llevaba la camisa arremangada. Entre sus rodillas había un pequeño yunque de una pulgada cuadrada con el que reparaba y afilaba las herramientas de los otros dos. Cuando Mathy apartó de ellos la mirada por un instante, aprovecharon para robarle su vela y desaparecer en la oscuridad para no volver a aparecer ante él, aunque aún podía oírlos picar y martillear.

Gales, por su parte, tiene como duendes mineros a los coblynau o koblernigh, bastante parecidos a los knockers de Cornualles. La gente decía que tenían unos noventa centímetros de altura, que vestían de manera parecida a los mineros humanos y que eran grotescamente feos, aunque tenían muy buen humor y traían mucha suerte. Guiaban a los mineros hacia los filones más ricos por el sonido de sus picos. Si las personas se burlaban de ellos, les arrojaban piedras, pero no hacían daño. Siempre parecían estar muy ocupados, pero lo más probable era que no estuvieran haciendo nada y sólo se limitaran a imitar a los trabajadores humanos.

Al norte de Inglaterra podemos encontrar otro duende minero conocido como Gorro Azul (inglés: Blue cap), que trabajaba en las minas de carbón como colocador, ocupándose de empujar las pesadas vagonetas llenas de mineral. Los mineros lo veían como una tenue luz azul que iba detrás de las vagonetas impulsadas a toda velocidad. A diferencia de los brownies y otros duendes domésticos, este espíritu quería que le pagaran con dinero por su trabajo, pero únicamente aceptaba el salario normal de un colocador, por lo que cada quince días le dejaban su dinero en un rincón solitario de la mina. Si se le daba de menos, no cogía nada indignado y, si se le daba de más, dejaba lo sobrante en el sitio. Tener un Gorro azul era una suerte en un mina, aunque de menos ayuda era otro espíritu de la zona conocido como Cutty Soam, que se dedicaba a cortar las cuerdas que servían para tirar de las vagonetas.

En Alemania se cree en la existencia de unos duendes domésticos conocidos como kobolds, muy similares a los brownies y otros espíritus del hogar. Alan Lee y Brian Froud mencionan en su obra Hadas una faceta de estos seres ligada también a las minas y no solo a las casas y hogares familiares, diciendo de ellos que son la versión germana de los knockers pero problemática y traviesa, ya que se dedicaban más a molestar a los mineros que a ayudarlos, aunque a veces hacían excepciones. Luego, al sur de Alemania, estaban los Wichtlein, duendes que anunciaban la muerte de un minero golpeando tres veces con su pico. Cuando iba a ocurrir un desastre, se les podía oír cavando o imitando el trabajo de los mineros.

Coblynau, uno de los duendes mineros ilustrado en Hadas - Alan Lee y Brian Froud

Kijimuna

El kijimunā (japonés: キジムナー), también llamado sema, kimnuya, bunagai, bunagaya, michibata, handanmii y akaganda, entre otros, es un yokai específico de las islas de Okinawa y Ryukyu, al sur de Japón. Es un espíritu bromista del tamaño de un niño, está cubierto de pelo rojizo y su piel es del mismo tono. Suelen vestir faldas hechas con hojas y, a pesar de tener el tamaño de un niño, los machos se caracterizan por tener grandes testículos.

Viven en los árboles conocidos como banianos, que crecen a lo largo del archipiélago de Ryukyu, y son hábiles pescadores. Shigeru Mizuki dice que son el espíritu de dicho árbol y surgen de él cuando ya es viejo, como una especie de kodama. Su dieta es marina y se basa principalmente en cangrejos y peces, de los cuales sólo se comen uno de los ojos. Les gusta gastar bromas y, si te ven caminando de noche con un farolillo, se abalanzan sobre ti y te lo roban. Según cuentan, si antes de salir de casa, pasas a horcajadas por encima del farolillo, los kijimunā te dejarán en paz. Michael Foster añade en su The Book of Yokai: Mysterious Creatures of Japanese Folklore que también se divierten entregándole a la gente montones de tierra y haciéndoles creer que se trata de arroz.

Siguiendo lo escrito por Shigeru Mizuki en su Enciclopedia Yokai, el 10 de agosto del calendario antiguo era conocido por ser «el día de los yokai», pues se creía que en ese día se aparecen todos los yokai. En ese día los kijimunā encienden fuegos, así que los de causa desconocida se denominan "fuegos de los kijimunā. Que ardan sobre el tejado de una casa era considerado un presagio de muerte.

En los alrededores de Shuri se cree que, si se colocan patatas bajo un árbol habitado por un kijimunā, éste se convertiría en nuestro amigo y nos ofrecería como regalo alguno de los peces que capturase; eso sí, siempre les faltaría uno de los ojos que se habría comido. Esta amistad podía romperse fácilmente si se hacía algo que desagradara a estos yokai. Por ejemplo, odian el pollo, el pulpo y las tapas de las cazuelas, por lo que acercarles estos objetos u ofrecérselos sería considerado como un insulto, al igual que tirarse una flatulencia junto a ellos. También cogerán inquina a quien dañe su árbol, ya sea quemándolo o clavando un clavo en él. En cualquier caso, acabarían vengándose de aquellos que les haya ofendido.

Diseño de Mikeypetrov para Pathfinder

Furi

El fūri (japonés: 風狸; tanuki del viento) es un yokai del folklore japonés. Toriyama Sekien lo menciona en su Suplemento de los cien demonios del presente y el pasado como una especie de bestia que, aprovechando el viento, trepa sobre piedras y árboles y se mueve tan veloz como un ave. Parece ser un monstruo proveniente de China.

Shigeru Mizuki añade en su Enciclopedia yokai que el fūri es un animal similar a la nutria, caracterizado por tener muy poco pelo salvo por una línea que le va desde el cuello hasta la cola. Aprovecha el impulso que le da el viento para subir a gran velocidad a las rocas o a los árboles e incluso para cubrir la distancia entre dos montañas volando. Según Mizuki, el fūri se alimentaba de pájaros atrapándolos de una curiosa manera: para cazarlos se servía de una misteriosa planta que encontraba en el campo y que nadie sabe de cuál se trata. Luego, la lanzaba a la rama donde hubiera un pájaro posado y éste caía derribado de inmediato. En una historia, un fūri, intentado cazar un pájaro desde una rama, lanzó su misteriosa planta, pero, un hombre, que también estaba subido al árbol, consiguió atraparla al vuelo y luego la lanzó con gran fuerza. Según dicen, cayeron derribados los tres del árbol: el fūri, el pájaro y el hombre.

En El desfile de los cien demonios, Matthew Meyer dice que estas bestias originarias de las montañas chinas son del tamaño de un tanuki o de una nutria de río y que en apariencia recuerdan a un mono. Tienen los ojos rojos, colas cortas, el pelaje negro y moteado, como los leopardos y una crin azulada que les recorre desde el hocico hasta la cola. Además de pájaros, también se alimentaría de arañas y del aroma del incienso. Cuando se encuentran con un humano o son capturados, agachan la cabeza como avergonzados o pidiendo clemencia para que los liberen. Son muy frágiles y mueren si son golpeados, aunque es imposible cortarlos con una espada o un cuchillo ya que la hoja no cortaría su piel. El fuego no quema sus cuerpos y tienen la increíble habilidad de revivir si les entra viento en la boca, aunque no podrán volver de la muerte si tienen el cráneo fracturado o las fosas nasales atascadas con hojas de ácoro gramíneo.

Ilustración de Toriyama Sekien

Pixie

Los pixies son los seres feéricos característicos del oeste de Reino Unido, también conocidos como pigsies en Somerset y Devon y piskies en Cornualles. Tienen diferente aspecto según las regiones donde aparezcan, aunque suelen poseer un carácter bastante parecido. Como otros espíritus, se cree que tienen su origen en las almas de los niños que murieron sin bautizar o en las de los paganos que vivieron antes que Cristo.

Los pixies de Somerset no son más grandes que una mano, pero a veces pueden adoptar el tamaño de un humano normal. Indistintamente de sus medidas, todos son pelirrojos y bizcos, tienen la nariz respingona, la boca grande, las orejas puntiagudas y usan ropa verde. En Devon se les describe como seres pequeños, pálidos, delgados y van siempre desnudos, mientras que en Cornualles son como pequeños ancianos marchitos vestidos con gastados harapos verdes. Aunque traviesos, pueden ser muy bondadosos y ayudar con las tareas del hogar y de la granja como los brownies. Como recompensa por sus servicios, habría que dejarles algo de comer, pero si se les daba como pago alguna prenda de vestir, dejaban de trabajar y se marchaban.

Según el tomo III de Country Folklore, de Ruth Tongue, los pixies derrotaron a las hadas en una batalla campal y las expulsaron más allá del río Parret, por eso todo lo que hay al oeste de dicho río es tierra de pixies. Son muy traviesos y entre sus hábitos se encuentra el de robar caballos por la noche y cabalgarlos en círculos para cansarlos. Estos círculos son llamados gallitraps, otro término para referirse a los anillos de las hadas. Aquel que entre en uno de estos círculos se quedará atrapado a no ser que sólo haya metido un pie, entonces podría escapar sino es un criminal o un bandido. Otra de sus bromas favoritas era la de perder y extraviar a la gente. Quienquiera que entrara en sus dominios sin ningún tipo de protección, como un pedazo de pan o una cruz, era susceptible de «ser guiado por un pixy» (pixy-led). En Hadas, de Alan Lee y Brian Froud, se dice que este fenómeno puede desencadenarse cuando el ingenuo caminante pise una brizna de hierba encantada o a un pixy disfrazado de hierba. De este modo, sin que uno se dé cuenta, el paisaje cambia y, por mucho que se intente, se hace imposible encontrar el camino adecuado. Para poder romper este hechizo bastaba con quitarse el abrigo y ponérselo del revés, aunque si la víctima era una persona malvada o que se había ganado la enemistad de los pixies, no lo tendría tan fácil para librarse de su encantamiento.

Pixy - Arthur spiderwick's field guide to the fantastical world around you, de Holly Black y Tony DiTerlizzi

Duergar

Los duergars son unos seres feéricos del norte de Inglaterra. Tienen el aspecto de enanos y son conocidos en el condado de Northumberland por ser extremadamente maliciosos y enemigos de los hombres.

En Quién es quién en el mundo mágico, de Katharine Briggs, se narra el relato más famoso donde aparece un duergar. En esta historia, un viajero se encontraba cruzando las colinas de Simonside, en el condado de Northumberland, de camino a Rothbury, cuando cayó la noche y perdió la senda. Sabía que si continuaba podía caerse en cualquier momento al precipicio, pero si se detenía, moriría congelado por el frío. En ese momento, divisó una tenue luz proveniente de las brasas que ardían dentro de una choza de piedra. Dentro de ella había una hoguera apunto de apagarse, dos grandes piedras como asientos a cada lado del fuego y unos troncos junto a ellas. Avivó el fuego con unos leños y se sentó en la piedra de la derecha.

Al rato se abrió la puerta y entró un duergar. Era un pequeño enano que no le llegaba ni a las rodillas, pero muy fuerte y robusto. Llevaba un abrigo de piel de cordero, pantalones y zapatos de piel de topo y un sombrero de musgo con una pluma de faisán. Se sentó en la roca de la izquierda, frente al viajero, y se quedaron en silencio hasta que el fuego comenzó a apagarse de nuevo. Entonces, el enano se inclinó hacia atrás, cogió uno de los troncos, que era dos veces más largo y más ancho que él, lo partió sobre su rodilla y echó los trozos al fuego. Cuando se consumieron, el duergar le hizo gestos al viajero para que hiciera lo mismo que había hecho él con su tronco, pero, sabiendo que tendría alguna intención oculta, el hombre no se movió de su sitio aunque pasase frío. Cuando amaneció, el duergar desapareció y, junto a él, la choza y el fuego. El viajero descubrió entonces que la roca donde estaba sentado era en realidad la cumbre de un despeñadero. Si se hubiera movido para coger el tronco, tal y como quería el duergar, se habría matado al caer por el barranco.

Ilustración de Yvonne Gilbert para Quién es quién en el mundo mágico, de Katharine Briggs

Espíritus familiares

Los espíritus familiares son diablillos que acompañaban y servían a las brujas bajo la forma de pequeños animales, ya fueran reales o con ciertos rasgos monstruosos. Margaret A. Murray distingue en su obra, El culto de la brujería en Europa occidental, dos clases de espíritus familiares: los adivinatorios y los sirvientes. Los adivinatorios no pertenecían a las brujas, eran animales que éstas se encontraban en lugares y fechas indicados por el Diablo para decirles el porvenir. Como ejemplo, tenemos el caso de la bruja y curandera Agnes Sampson, la cual afirmaba que, cuando quería saber si alguien sanaría de una enfermedad, invocaba al Diablo bajo el nombre de Elva y éste se le aparecía como un perro para contestar sus preguntas. Los que trataremos en esta entrada son los sirvientes, diablillos que, bajo la forma de un pequeño animal, estaban al cuidado de las brujas y hacían lo que les mandasen.

Estos familiares no servían para realizar actos adivinatorios, sino para asistir en la brujería y llevar acabo las órdenes de sus dueños. En El martillo de las brujas aparece el caso de un hombre que sufrió de una repentina y horrible lepra tras discutir y ser amenazado por cierta mujer. Cuando ésta fue apresada e interrogada, confesó que al llegar a casa su familiar le preguntó el porqué de su malhumor y, tras contárselo, le pidió que se vengara por ella, que hiciera que ese hombre tuviera siempre el rostro hinchado, pero el demonio se excedió y afectó al hombre más allá de lo que ella quería.

Para conseguir un familiar había cuatro métodos: por regalo del Diablo, por herencia, como regalo de una bruja y por ejecución de ciertas ceremonias mágicas. William Forbes, jurista escocés, decía que algunos individuos recibían del Diablo ciertos diablillos que les servían como familiares, respondían a nombres extraños y eran guardados en cazos u otras vasijas sobre un lecho de lana. Estos familiares eran siempre animales pequeños que debían alimentarse de forma especial con pan, leche, un pollo y sangre. En 1556, Elizabeth Francis declaró que aprendió de su abuela, Eve de Hatfyelde Peverell, el arte de la brujería a la edad de doce años, aconsejándole que renunciara a Dios y que diera su sangre como pago por cada petición que le hiciera a Satanás/Satán/Sathan, el nombre del familiar que le entregó con forma de gato blanco manchado. Luego, quince años más tarde, la misma Elizabeth Francis fue a casa de su vecina, Madre Waterhouse, y le regaló su familiar con las mismas instrucciones que le dio su abuela cuando se lo dio en herencia. En El culto de la brujería en Europa occidental aparecen dos ejemplos de ritual para conseguir un familiar. En ambas historias, el que desea obtener uno de estos espíritus acude a misa y recibe la Sagrada Comunión, pero cuando le dan la hostia consagrada, finge comerla y, al salir de la iglesia, se les aparece el familiar y le da el pan de su boca, firmando con esta acción su pacto.

En El libro de San Cipriano, célebre grimorio de brujería y hechizos, aparece otro método para agenciarse con un par de familiares. En este caso, habría que crearlos de manera similar a lo que ocurre con los demiños gallegos. Para ello habría que matar un gato negro que no tuviera ni un solo pelo blanco o gris, sacarle los ojos y meter cada uno en un huevo puesto por una gallina negra. Tras esto, se esconderán bajo una pila de estiércol de caballo, asegurándose que se mantenga caliente. Ha de aclararse que desde este blog no se apoya el maltrato animal y no se anima a nadie a realizar este tipo de rituales, sólo citamos estos actos como información sobre las criaturas mágicas que aquí se tratan. La incubación duraría un mes, durante el cual se debería acudir diariamente donde estuvieran los huevos y recitar lo siguiente:
¡Oh gran Lucifer! Yo te entrego estos dos ojos de un gato negro, para que tú, mi grande amigo Lucifer, me seas favorable en la súplica que hago a tus pies. Mi gran ministro y amigo Satanás, en vos entrego la magia negra para que pongáis en ella todo vuestro poder, eficacia y astucia con que te dotó el Ser Supremo, que vos dedicáis al daño y perjuicio de los humanos, pues a vos confío estos dos ojos de un gato negro para que de ellos nazcan los diablillos, que me habrán de acompañar eternamente. Entrego mi magia negra a María Pandilla, a toda su familia y a todos los diablos del infierno, mancos, ciegos y tullidos, para que de aquí nazcan dos diablillos que me suministren dinero, porque yo quiero dinero por el poder de Lucifer, mi amigo y compañero de ahora en adelante.
Transcurrido el mes, nacerán dos diablillos que tendrán el aspecto de pequeños lagartos. Deberán guardarse en un canuto de marfil o de boj y se tendrían que alimentar con limadura de hierro o de acero. Una vez en su posesión, se les puede pedir cuanto se quiera. Por ejemplo, si se desea dinero, bastará con abrir el canuto y decir: «quiero dinero», cosa que aparecerá inmediatamente, pero con la condición de que no se puede dar como limosna a los pobres ni emplearlo para mandar decir misas por ser dinero procedente del Demonio.

Bruja alimentando a sus familiares - Publicación de 1579 sobre los juicios a
Elizabeth Stile, Madre Dutte, Madre Devell y Madre Margaret
Como ya se ha dicho antes, para alimentar a los familiares habría que darles leche, gachas, cerveza, un pollo o sangre. En algunos casos, se cuenta que las brujas se realizaban varios pinchazos y dejaban que sus espíritus bebieran de ahí, pero en otros, las brujas contaban con marcas colocadas por el Diablo en forma de pezón o pequeño pecho que les servían para amamantar a sus diablillos. En los procesos de 1645 ante Matthew Hopkins aparecen varios de estos casos, como el de Anne Leech, la cual dijo que sus espíritus familiares solían chupar de las tetas que se le encontraron cerca de sus partes pudendas. Elisabeth Horner, otra bruja de Devon, procesada en 1696, tenía algo parecido a un pezón en el hombro, y los niños que dieron testimonio de ello dijeron que era chupado por un sapo. Elinor Shaw y Mary Philllps fueron ejecutadas en Northampton en 1704 por brujería acusadas de que duendes infernales chuparan por la noche sus dos grandes tetas o colgajos de carne roja de sus partes íntimas.

Las brujas podían poseer más de un familiar, que, por lo general, adoptaban el aspecto de pequeños animales: perros, gatos, hurones, comadrejas, pájaros, ratones, etc., pero también podían ser criaturas malformadas o desproporcionadas. Ales Hunt, cuando fue apresada, dijo durante su interrogatorio que tenía dos espíritus que eran como caballos pequeños, uno blanco y el otro negro llamados Iacke y Robbin. A John Winnick se le apareció en su granero un espíritu, negro y peludo, con zarpas de oso, pero cuyo tamaño no llegaba a ser el de un conejo, ofreciéndole ayuda para encontrar su monedero perdido si renunciaba a Dios y lo adoraba a él a cambio.

De entre todos los animales, las brujas tenían especial predilección por los sapos, así se menciona en el Diccionario infernalDe Lancre dice que las grandes brujas son ordinariamente asistidas por algún demonio que está siempre en su hombro izquierdo en forma de un sapo con dos cuernecitos en la cabeza, pero que no puede verlo nadie a menos que sean o hayan sido brujos. Los bautizan en el sabbat y los engalanan con trajes de terciopelo negro y con un cascabel en el cuello y otro en la pata. El padre Martín del Río llama martinillo o maridillo a estos familiares en su Disquisiciones mágicas y las brujas deben cuidarlos y alimentarlos con mucho mimo y cuidado. Cuando les falta comida, los propios sapos la exigen con palabras y el Demonio castiga a aquellas que tratan mal a sus familiares. Beltrana Fargue, una de las brujas de Zugarramurdi juzgadas en Logroño, afirmó que le daba el pecho a su sapo y que éste hasta se levantaba del suelo en su busca o tomaba el aspecto de un muchacho para ello. Los maridillos se encargaban de despertar a sus amos y de avisarles cuando debían ir al aquelarre, les instigaban a cometer maldades y de ellos extraían un fango que servía para elaborar sus ungüentos y pociones. Este lodo lo extraían azotando con una vara a los sapos después de haberles dado de comer. A cada golpe, se iban hinchando y, el Demonio, que está presente durante el proceso, les avisaba de cuando debían detenerse. Luego, apretaban a los sapos y éstos vomitaban o excretaban un agua verdinegra muy hedionda. Cuando es hora de ir al aquelarre (lunes, miércoles y viernes), se untan con este agua después de las nueve de la noche en la cara, manos, pechos, partes vergonzosas y plantas de los pies diciendo: «señor, en tu nombre me unto; de aquí adelante yo he de ser una misma contigo, yo he de ser demonio, y no quiero tener nada con Dios». Así, unas se elevan por los aires con sus sapos y otras van a pie guiadas por ellos.

Maridillo en Guía de los seres mágicos de España: Duendes, de Jesús Callejo e ilustrado por Ricardo Sánchez

Familiares

Denominaremos como familiares a una clase de duendes o diablillos que se encuentran repartidos por casi toda España. A diferencia de otros duendes, como los trasgos, que se vinculaban a una casa, los familiares estaban ligados a una persona en concreto a la que servían. Como su dueño, el que poseía a estos seres podía venderlos o entregarlos como regalo o en herencia a otra persona. Los familiares varían su aspecto de una región a otra, pero por lo general son descritos como diablillos o insectos tan pequeños que pueden guardarse varios de ellos en una cajita o alfiletero. Son extremadamente trabajadores y pueden realizar obras increíbles en muy poco tiempo, aunque tienen un apetito terrible que debe ser saciado. Cuando son liberados, rondan alrededor de su amo exigiendo comida o tareas por hacer y, si no les da nada, pueden atacarle hasta matarlo.

La forma de conseguirlos también cambia según la zona: algunas tradiciones dicen que pueden ser fabricados a partir de ciertas plantas, capturados en noches especiales o invocados con algún ritual secreto, por lo que se les ha relacionado con la brujería y los pactos demoníacos.


Tsurara onna

La tsurara-onna (japonés: つらら女; mujer carámbano), también conocida como tsurara nyōbō (japonés: 氷柱女房; esposa carámbano), es un yokai del folklore japonés que, tal y como indica su nombre, se trata de una estalactita de hielo que se transformó en una hermosa mujer de piel pálida. Debido a su naturaleza de hielo, se le podría comparar con la yuki-onna.

Shigeru Mizuki recogió en el segundo tomo de su Enciclopedia Yokai la historia que se cuenta sobre este espectro en la prefectura de Akita. Al parecer, en una noche de ventisca, se presentó una mujer con la piel tan blanca como la nieve en la casa del matrimonio Chōsuke pidiendo cobijo pues, al volver de casa de su hermana recién casada, le pilló la nevada por sorpresa. El matrimonio le ofreció alojamiento gustosamente, pero la nevada no cesaba. Mientras se alargaba su estancia en la casa, el matrimonio le ofreció un buen baño caliente, pero la mujer rechazaba una y otra vez sus invitaciones. Al final, ante tanta insistencia, aceptó y entró en el baño con una expresión de gran tristeza. Como pasaba el tiempo y la chica no salía ni hacía ningún ruido, el matrimonio comenzó a preocuparse y entraron en el baño a ver si le había ocurrido algo. Al entrar, el cuarto estaba muy frío y no había ni rastro de la chica, sólo el peine que llevaba ceñido en el pelo flotando en el agua y una estalactita colgando del techo. Fue así como el matrimonio se dio cuenta de que la mujer era una tsurara-onna y se había disuelto por el calor del baño.

En el Desfile nocturno de los cien demonios de Matthew Meyer se menciona que las tsurara-onna nacen en invierno cuando un hombre solitario se queda contemplando un hermoso carámbano de hielo deseando que ojalá existiera una mujer tan hermosa como dicho objeto. En algunas historias contraen matrimonio con un humano. En la prefecturas de Aomori se cuentan relatos similares al anterior recogido en Akita: una pareja contrae matrimonio y el esposo le insiste a su mujer para que tome un baño caliente. Ante su insistencia, la mujer entra en el baño y lo único que encuentra el marido al pasar un tiempo es escarcha flotando en el agua. En la prefectura de Yamagata vuelve a variar ligeramente la historia y la tsurara-onna se disuelve con el calor de la cocina cuando va a buscar sake para la ceremonia del matrimonio.

En otras regiones, como en la provincia de Echigo, el matrimonio es feliz durante el invierno, pero debido a la naturaleza de la tsurara-onna, desaparece con las nieves y el hielo cuando llega la primavera. El marido se queda desolado pensando que su mujer le ha abandonado y, pasado un tiempo, vuelve a casarse. Una vez llega de nuevo el invierno, la tsurara-onna reaparece y se venga al ver traicionado su amor, matando a su antiguo amante atravesándolo con un carámbano, algo similar a lo que se cuenta de las ondinas.

Ilustración de Shigeru Mizuki