Okiku (japonés: 招菊, Crisantemo) es el nombre de la desdichada protagonista de la historia Banchō sarayashiki (japonés: 番町皿屋敷; La mansión de los platos de Banchō). Junto a Otsuyu y Oiwa, su espíritu es uno de los más conocidos de Japón, formando parte del Nihon san dai kaidan (japonés: 日本三大怪談; Tres mayores historias de fantasmas de Japón).
Su historia ha sido adaptada innumerables veces en películas, cuentos, obras kabuki o teatros de marionetas, pero lo ensencial se ha ido manteniendo en todas las versiones. Okiku era una joven sirvienta que se encargaba de lavar los platos en el castillo de Himeji (actual prefectura Hyōgo). Su vida transcurría con total normalidad hasta que un samurái llamado Aoyama se obsesionó con ella e intentaba cortejarla por todos los medios.
Ella siempre le rechazaba, pero tanta negativa llevó al samurái a impacientarse e idear una estratagema para forzarla. Aprovechando que en el palacio había un juego de diez platos muy valiosos, robó uno y se le dijo a Okiku, que entró en pánico porque sería sentenciada a muerte y se puso a contarlos desesperada: «Uno, dos, tres, cuatro...», pero por mucho que los revisase, siempre faltaba el décimo.
Aoyama entonces le hizo una proposición: le diría a su amo que ella no había sido la responsable de la pérdida del valioso plato si accedía a ser su amante, pero una vez más fue rechazado. Cegado por la ira, mandó que Okiku fuera golpeada con una espada de madera, luego la ató, la sumergió en el pozo del castillo varias veces y le exigió por última vez que se convirtiera en su amante. Okiku volvió a negarse, por lo que Aoyama la mató con su espada y arrojó su cuerpo al pozo.
Desde entonces, su fantasma comenzó a salir del pozo cada noche para entrar en el castillo en busca del plato que faltaba contándolos cuidadosamente: «Uno, dos, tres, cuatro...». Cuando llegaba al noveno y veía que faltaba el décimo, gritaba horriblemente. Los que la oían contar algunos de los platos, acababan enfermando, y aquellos que la escuchaban contar hasta el noveno, morían sin remedio. A parte de este ritual, el fantasma de Okiku también se dedicaba a atormentar a Aoyama todas las noches, impediéndole dormir.
El señor del castillo acabó hartándose de la situación y mandó llamar a un sacerdote para que apaciguara al espectro. El hombre encargado de esto esperó en el jardín entonando sutras hasta que Okiku surgió del pozo y se puso a contar los platos. Cuando llegó al noveno, el sacerdote gritó «¡diez!» y Okiku pareció sentirse aliviada porque alguien había encontrado el plato que le faltaba.
Gracias a esto, el fantasma de la joven desapareció, pero durante la era Ansei comenzaron a verse cerca del pozo donde murió Okiku unas orugas cuyo aspecto recordaba al de una mujer atada, de ahí que mucha gente pensara que su espíritu se había reencarnado en estos gusanos a los que llamaron Okiku mushi (japonés: 於菊虫; insecto Okiku).
Su historia ha sido adaptada innumerables veces en películas, cuentos, obras kabuki o teatros de marionetas, pero lo ensencial se ha ido manteniendo en todas las versiones. Okiku era una joven sirvienta que se encargaba de lavar los platos en el castillo de Himeji (actual prefectura Hyōgo). Su vida transcurría con total normalidad hasta que un samurái llamado Aoyama se obsesionó con ella e intentaba cortejarla por todos los medios.
Ella siempre le rechazaba, pero tanta negativa llevó al samurái a impacientarse e idear una estratagema para forzarla. Aprovechando que en el palacio había un juego de diez platos muy valiosos, robó uno y se le dijo a Okiku, que entró en pánico porque sería sentenciada a muerte y se puso a contarlos desesperada: «Uno, dos, tres, cuatro...», pero por mucho que los revisase, siempre faltaba el décimo.
Aoyama entonces le hizo una proposición: le diría a su amo que ella no había sido la responsable de la pérdida del valioso plato si accedía a ser su amante, pero una vez más fue rechazado. Cegado por la ira, mandó que Okiku fuera golpeada con una espada de madera, luego la ató, la sumergió en el pozo del castillo varias veces y le exigió por última vez que se convirtiera en su amante. Okiku volvió a negarse, por lo que Aoyama la mató con su espada y arrojó su cuerpo al pozo.
Desde entonces, su fantasma comenzó a salir del pozo cada noche para entrar en el castillo en busca del plato que faltaba contándolos cuidadosamente: «Uno, dos, tres, cuatro...». Cuando llegaba al noveno y veía que faltaba el décimo, gritaba horriblemente. Los que la oían contar algunos de los platos, acababan enfermando, y aquellos que la escuchaban contar hasta el noveno, morían sin remedio. A parte de este ritual, el fantasma de Okiku también se dedicaba a atormentar a Aoyama todas las noches, impediéndole dormir.
El señor del castillo acabó hartándose de la situación y mandó llamar a un sacerdote para que apaciguara al espectro. El hombre encargado de esto esperó en el jardín entonando sutras hasta que Okiku surgió del pozo y se puso a contar los platos. Cuando llegó al noveno, el sacerdote gritó «¡diez!» y Okiku pareció sentirse aliviada porque alguien había encontrado el plato que le faltaba.
Gracias a esto, el fantasma de la joven desapareció, pero durante la era Ansei comenzaron a verse cerca del pozo donde murió Okiku unas orugas cuyo aspecto recordaba al de una mujer atada, de ahí que mucha gente pensara que su espíritu se había reencarnado en estos gusanos a los que llamaron Okiku mushi (japonés: 於菊虫; insecto Okiku).
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| El fantasma de Okiku, de Utagawa Kunisada |
Fuentes
Meyer, Matthew: El libro del Hakutaku. Quaterni, Madrid (2021).Mizuki, Shigeru: Enciclopedia yokai Vol. 2. Satori, Gijón (2018).











