Elemental

Los espíritus elementales son los seres que habitan en los cuatro elementos de los que se compone el mundo: agua, tierra, fuego y aire. Paracelso los catalogaba así: las ondinas o ninfas habitaban en el agua, los gnomos o pigmeos en la tierra, las salamandras o vulcanos son los que viven en el fuego y los silfos o silvestres pertenecen al aire, aunque decía que esos nombres no eran sus verdaderos apelativos y que les fueron impuestos por los hombres.

Según el Tratado sobre los elementales, existen dos especies de naturalezas: la de Adán, tangible y corpórea, formada del barro, y la de los espíritus, que son invisibles, inmortales y capaces de atravesar cualquier objeto sólido. Luego están los elementales, que disfrutan de una mezcla de las dos naturalezas anteriores. Los hombres pertenecen a la primera naturaleza porque están formados de carne y hueso, tienen alma y pueden comer, hablar, reproducirse, etc., los espíritus no tienen ni necesitan nada de lo anteriormente dicho, y finalmente están los elementales, que tienen aspecto humano y pueden engendrar, comer, morir o enfermar como nosotros, pero son ligeros como los espíritus, pueden volar y carecen de alma.

Conocen el presente, el pasado y el futuro y son los encargados de custodiar tesoros. Cuando mueren, al carecer de un alma inmortal, desaparecen por completo. Su carácter y aspecto es variable como ocurre con los hombres y los hay buenos, malvados, tímidos, amables, curiosos, etc. Tienen un idioma propio, leyes y gobernadores, además de que trabajan y confeccionan ellos mismos sus vestimentas.

Los elementos en los que vivían estos seres equivaldrían a la atmósfera en la que vivimos los humanos, así que su densidad variaba en relación a este aspecto. Los silfos, al vivir en el aire, que es el elemento más ligero, eran los más sólidos y densos, semejantes a los hombres, mientras que los gnomos, al tener la tierra como atmósfera, eran sumamente ligeros y podían atraversarla de igual manera que nosotros penetramos en el aire. Los elementales no podían vivir en elementos que fueran más pesados que el suyo, por ejemplo: una ondina podía vivir en tierra firme, porque el aire es más ligero que el agua, en cambio, un silfo, que vive en el elemento más ligero, se ahoga si es llevado al agua, es aplastado bajo la tierra y se consume por la acción del fuego.

En lo referente a su aspecto, las más parecidas a los humanos eran las ondinas, tanto sus mujeres como sus hombres; los silfos tienen un aspecto más denso, de mayor tamaño y robustez; los gnomos son los más pequeños, alcanzando unos dos palmos de alto (40/50 cm), mientras que las salamandras eran las más delicadas, esbeltas y donairosas.

No sólo podían reproducirse entre ellos, sino que también podían tener prole con humanos. Los elementales buscaban estos encuentros amorosos porque la única manera en la que podían obtener un alma inmortal y entrar en la cristiandad era casándose con una persona. Los hijos de este tipo de relación nacían con alma porque la heredaban del padre o la madre de naturaleza adámica. Las salamandras, que eran las más longevas de estos seres, no buscaban con ansia un encuentro de este tipo, pero el resto de elementales que vivían menos, como las ondinas, se acercaban con más frecuencia a los hombres buscando el matrimonio para poder salvarse. El Demonio aborrece a los elementales e intenta evitar estas uniones, por lo que se encarga de meterles miedo de acabar en el infierno si consiguen un alma y de hacer creer a los humanos que estos espíritus son demonios. A los gnomos, por vivir bajo tierra y estar más cerca del infierno, los engaña y usa para realizar pactos con los hombres: éstos rechazan la inmortalidad de su alma a cambio de tesoros.

En caso de que se traicionase la confianza del cónyuge sobrenatural, éste huiría, pero tendría que tenerse en cuenta que la unión del matrimonio seguiría vigente y, si el humano abandonado se casara de nuevo, su antigua pareja volvería para vengarse. Al casarse un humano con un elemental compartirían destino, y si uno de los dos muriera, el otro también. Para deshacer esta unión, ambas partes deberían estar de acuerdo y renunciar a su vínculo.

Podía darse el caso de que naciera una descendencia deforme o monstruosa de los elementales: de las ondinas nacían sirenas, mitad mujer y mitad pez, los silfos engendraban gigantes; los gnomos, enanos; y las salamandras, cometas, luces en el cielo que no seguían una órbita establecida.

En El Conde Gabalis, cuya autoría pertenece al abad de Villars, un sabio cabalista enseña al protagonista de la obra los secretos de los elementales. En cierto punto le afirma que Adán debía reproducirse con las hembras de estos seres para poblar la tierra con una descendencia noble y superior a la que tendría con Eva, pero fue débil y mantuvo relaciones con su compañera humana, siendo este el pecado original. Luego, Noé, tras el Diluvio, aprendería del error de su antepasado y permitió que su esposa y las de sus hijos se reprodujeran con elementales para repoblar el mundo, aunque uno de ellos se negó. También dijo que los cabalistas y los sabios debían buscar el matrimonio con una elemental, pues no sólo las ayudaban a obtener un alma, sino que también así conseguirían una compañera que superaría en belleza a cualquier mujer normal y corriente.

Mago invocando a los elementales desde un círculo mágico - Augustus Knapp

Pesanta

La pesanta (catalán: pesada) es un espíritu o bruja de la mitología catalana. Toma el aspecto de un enorme perro negro, grueso y muy peludo, con una de sus patas de hierro y agujereada. La pesanta se cuela en las casas por la noche y se sienta sobre el pecho de los que están durmiendo, causándoles así pesadillas y fallos en la respiración. Dicen que habita en iglesias abandonadas y casas en ruinas; cuando entra en una casa, genera una corriente de aire a su paso y, si alguien la descubre e intenta atraparla, huiría rápidamente.

El folclorista Joan Amades dice en el tomo I de su Costumari català que la pesanta es un perrazo negro, peludo y muy pesado en el que creen en Garrotxa y en los valles de Olot. Este ser cuenta con una terrible pata de hierro con la que golpea a quienes encuentra a su paso de noche por la calle. Se mete en las casas y se sienta sobre el pecho de los que duermen, dándoles así pesadillas y sueños pesados e ingratos. La única noche en la que no sale a hacer sus fechorías es en la de Navidad para no asustar a los devotos que van a misa. En «Los ogros infantiles» (Revista de Dialectología y Tradiciones Populares, 13, 1957) añade que se cuela en las casas pasando por el ojo de las cerraduras, por debajo de las puertas e incluso filtrándose por las paredes.

Existe una leyenda en Vall de Vianya (Garrotxa) en la que se dice que la pesanta entra por la noche en las casas y lo revuelve todo: los platos, la ropa, los muebles, los cuadros, etc. Cuando ha terminado de poner patas arriba los enseres del hogar, se dispone a descansar tumbándose en el pecho de cualquiera de los que duermen en la casa, oprimiéndole de tal manera el pecho que no le permite casi respirar. Si habitúa con frecuencia una casa, elegirá siempre a la misma persona sobre la que tumbarse, lo que causaría que la víctima enferme de los pulmones por la presión en el pecho.

Una niña del municipio anteriormente nombrado comenzó a sufrir las visitas de la pesanta tan asiduamente que temía la hora de ir a dormir. Una noche intentó mantenerse en vela de cualquier manera hasta que en cierto punto oyó en la calle a alguien andando con unos zuecos. Creyendo que ya había llegado el día y que serían amigos suyos, corrió las cortinas y se asomó por la ventana, pero todavía era noche cerrada y en la calle no había nadie. Cuando se acostó otra vez, escuchó de nuevo los zuecos, aunque esta vez dentro de su casa. La niña se levantó y vio cómo las cosas de su casa cambiaban de un sitio a otro sin que nadie las moviese, así que se metió bajo las sábanas de su cama totalmente aterrada, pero al instante la pesanta se sentó sobre su pecho y no se fue hasta que comenzó a clarear el día. La madre, al oír el testimonio de su hija, consultó el caso con una vieja vecina que le recomendó dejar semillas de mijo en la puerta para que la pesanta se entretuviera contándolas, algo similar a lo que ocurre con otros duendes o espíritus como los trasgos.

Juan Perucho también habló de la pesanta en su Bestiario fantástico, diciendo que era un animal de pelaje muy fino y del tamaño de un perro, capaz de producir pesadillas y de colarse en las casas a través de las cerraduras cambiando de tamaño a voluntad. También dice que era invisible y que, a diferencia de lo dicho por Amades, tenía las cuatro patas de hierro en lugar de una sola. La pesanta de su relato acosaba cada noche a José Finestres hasta que acabó debilitándolo físicamente, pero la criatura también se vio afectada por la devoción cristiana que su víctima profesaba y se ocultó en una caja de madera que Finestres pensaba enviar a Mayans Siscar, un amigo suyo. Al mismo llegar a su nuevo hogar, la pesanta se dispuso a alterar el sueño de Mayans, que al despertarse en una ocasión de su horrible sueño, la criatura se deslizó de su pecho a sus piernas y se las entumeció con su peso. Al final, el médico Diophanes Capdevila consiguió curarle y expulsó al espíritu con fuego de virutas y con agua de flor carqueixa.

Captura del cortometraje Pesanta, de Ángel Valera

Busgosu

El busgosu (equivalente al término latino Silvanus; «perteneciente al bosque») es un ser mítico del folclore asturiano que ostentaba el título de Señor del bosque. En ciertas regiones también se le conocía como mofasu, peludu, vellosu, bulligosu y calabiernu. Su aspecto es el de un hombre peludo, tiene barba y una abundante cabellera, aunque lo más destacable de su apariencia es que tenía cuernos retorcidos y patas de cabra, haciéndole muy similar a los faunos romanos.

Jove y Bravo decía que era el protector de los bosques y de todos los seres que en ellos habitan. Por esta razón odia a los cazadores y a los leñadores, a los que pone obstáculos si persiguen a algún animal. Siempre evita que lo atrapen y, si se le intenta seguir, hace que sus perseguidores se pierdan y se despeñen por algún barranco. Pese a este comportamiento hostil, Francisco González Prieto dijo de este personaje que no tiene nada en contra de los viajeros, a los que les muestra el camino que deben seguir.

En algunas regiones lo acusan de perseguir mujeres y de llevárselas a su cueva. Cualquiera que recibiera su beso se contagiaría de tisis o escfrofulismo, enfermedades que producen una palidez extrema entre otros muchos síntomas.

Alberto Álvarez Peña

Sumicio

El Sumicio (latín: sumere; coger, apropiarse) es un duende asturiano que se dedica a robar y esconder cosas. Fue mencionado por primera vez en 1898 por Jove y Bravo en su Mitos y supersticiones de Asturias, donde decía que era un duende casero que se dedicaba a llevarse cosas y a esconderlas, aunque Aurelio del Llano aseguraba que no existía como tal y que sólo se trataba de una expresión para referirse a objetos que desaparecen de repente, teniendo como ejemplos frases como «ni que l'hubiera tragao el Sumiciu» o «tragólu/llevólu el Sumiciu».

Constantino Cabal decía en Los dioses de la muerte que los objetos que se lleva el Sumicio son aquellos que teníamos ante nuestros ojos y al alcance de la mano, pero en un despiste, al volver a mirar, ya no estaban. También decía que se trataría de un ser muy pequeño o incluso invisible para que pudiera realizar sus actos y que, como tenía cualidades de trasgo, se trataría de uno de estos duendes.

Sumiciu ilustrado en Mitología asturiana de Alberto Álvarez Peña

Guaxa

La Guaxa es una bruja del folclore asturiano. Su leyenda fue recogida por primera vez por Jove y Bravo en Mitos y supersticiones de Asturias, donde decía de ella que era una mujer muy delgada, enjuta y fea. Podía entrar en cualquier habitación colándose por las cerraduras de las puertas, donde le chupaba la sangre a los niños o a las mujeres jóvenes con su único y afilado diente. A esta bruja se le solía relacionar con ciertas aves nocturnas, tal y como hizo Aurelio del Llano en su Libro de Caravia con la lechuza o el cárabo, teniendo así cierta similitud con la estrige y otras brujas que se transformaban en aves para realizar sus fechorías por la noche.

La Guaxa va drenando poco a poco la sangre de los niños cada noche hasta que los consume totalmente a no ser que se le exorcice o se proteja a la víctima con amuletos, por esto existe en Asturias la expresión paez que lu tragó la Guaxa o comiolu/a la Guaxa para referirse a alguien que a adelgazado mucho o que ha desaparecido. Algunos remedios consistían en dar a la víctima un preparado a base de alicornio (cuerno de unicornio) dejando al sereno durante nueve noches seguidas una medida de agua en la que se ha puesto en maceración trozos de asta de ciervo y alguna porción de plata. Si este remedio no funcionaba, se medía al niño con un hilo negro, luego se le hacía nueve nudos pequeños y otro más grande y se le colgaba a modo de collar en la garganta junto a una bolsita en la que iban diez gramos de arroz. Se decía que era más efectivo si la víctima pisaba todas las mañanas el rocío de los campos. Como amuletos protectores servían la higa o la piedra de San Pedro (quiastolita).

En Cantabria existe otra versión de esta bruja, la Guajona, que fue descrita por Manuel Llano en su obra Brañaflor. Decía de ella que era una vieja muy delgada y consumida que iba tapada con un manto negro de la cabeza a los pies; sus ojos relumbraban como estrellas y solo tenía un diente muy largo, negro y afilado. Nunca se le veía por el día, por lo que se creía que se escondía bajo tierra como los topos. De noche sale de su escondite y vaga por los pueblos como un fantasma para colarse en las casas donde dormían jóvenes sanos y fuertes. Una vez en sus cuartos, les clavaba su único diente en una vena y les chupaba la sangre hasta debilitarlos. Se dice que tenía patas de ave y en algunas regiones de Cantabria también se le llamaba Lamia.

También se le conoce como meiga Xuxona en Galicia, y se decía de los que sufrían sus ataques que tenían el "enguenido" o "enganido", que en realidad se trataba del raquitismo. Para exorcizarlas era necesario que tres mujeres llamadas María dijesen de noche y en un lugar sagrado el siguiente diálogo: «Toma, María. Ti que me das María. O enganido. O enganido que nono queria». Tras esto se debe pasar a la víctima por debajo de un arco o una mesa. Las meigas xuxonas no se limitaban sólo a la extracción de sangre, ya que realizaban otro tipo de actos típicos de las brujas, como matar ancianos, echar mal de ojo, confeccionar pomadas con ojos, etc., además de poder transformarse en moscardones. Se dice que Comba, una santa gallega, fue en su día una de estas meigas y que acabó convirtiéndose en su patrona.

Alberto Álvarez Peña

Trasgo

El trasgo es el duende más conocido y extendido del folclore español, recibiendo diversos nombres según la localidad. Su descripción apenas varía de una región a otra: en Asturias se le conoce como trasgu, donde aparece como un ser pequeño, cojo de la pierna derecha, de entre cuarenta y ochenta centímetros; su piel y cabellos son negros; lleva un gorro y una blusa roja; tiene un par de pequeños cuernos, cola y un agujero en la palma de la mano izquierda, por eso también se le conoce como Cornín (por los cuernos), gorru colorau o Pisadiel de la mao furada/el de la man furá (Pisadiel de la mano agujereada).

A diferencia de los diañus burlones, que habitan en bosques y caminos, los trasgos viven con los humanos en sus casas, a los que suelen molestar por la noche. No son maliciosos y sus jugarretas van más dirigidas a molestar que a dañar: rompen platos, desordenan la casa, esparcen la harina, se beben la leche, esconden objetos o pellizcan a los que están durmiendo. Algunos hasta arman jaleo jugando por la noche a los bolos en el desván mientras gritan las puntuaciones que logran. Sus lugares favoritos son la cocina, en la que entran por la chimenea descolgándose por las cadenas del pote, y el establo, porque ni a los animales dejan en paz cuando quieren divertirse, ya sea espantando a las vacas o anudando las crines de los caballos.

Muchas leyendas cuentan la historia de familias que se hartaron de tener que convivir con este duende y decidieron mudarse. Con todo el sigilo del mundo sacaban los enseres de la casa y los cargaban en una carreta, pero, a mitad de camino, un miembro de la familia exclamaba preocupado porque se habían dejado algo importante. Era entonces cuando saltaba el trasgo y les decía: «¡No os preocupéis, que lo he cogido yo!». Al ver que el trasgo se había metido con ellos en la carreta, la mudanza se volvía inútil y tenían que volver a su casa original. En otras versiones no les da tiempo ni a marcharse de la casa, porque un vecino que pasaba por allí se percata de que el trasgo está bajando por las escaleras para embarcarse con la familia.

Manuel Llano habló de la versión cántabra del trasgu en su obra Brañaflor. Son casi iguales a los asturianos: cojos y con la piel y el cabello negros, pero a diferencia de éstos, no tienen la palma de la mano agujereada, su gorro es blanco y llevan un bastón fabricado con una madera desconocida. Su ropa está hecha con corteza de aliso del revés y cosida con hiedra, por eso es de color rojo. Por el día descansan encaramados a los árboles, desde donde les tiran piedras a los incautos que pasan por debajo de ellos. Cuando llega la noche, se meten en las casas y molestan lanzando quejidos, risotadas o imitando el maullido de gatos o el rebuzno de los borricos.

Al trasgo le gusta que le dejen encendidas unas brasas en la chimenea para calentarse por la noche, por eso, si la familia con la que vive tiene ese detalle con él, se portará bien con ellos y ayudará con las tareas domésticas. En cambio, si lo tratan mal, no tendrá ningún reparo en molestar todo lo que pueda.

Como ya hemos visto, mudarse de casa es algo inútil para librarse de este duende cuando se pone excesivamente pesado, pero no es imposible conseguir que te deje en paz. Los trasgos, igual que otros muchos espíritus y duendes, tienen cierta manía con el orden y se ven obligados a contar semillas, por eso era costumbre dejar un cuenco con mijo o linaza para que el trasgo lo volcase. Cuando esto ocurría, tenía que recogerlo o contarlo, pero como tiene la mano agujereada, la tarea se le hace imposible y acaba desistiendo, abandonando la casa por pura vergüenza. El trasgu cántabro y el trasno, que es como se conoce a este duende en Galicia, no tienen un agujero en la palma de la mano, pero eso no es impedimento para que este método no funcione, porque no saben contar pasada cierta cifra (por lo general cien) y se ven obligados a empezar de nuevo hasta que se aburren y se van.

Estos duendes también son muy orgullosos y les gusta apostar, por lo que bastaría con mandarles una tarea imposible para que se marchen avergonzados. Una de estas consistiría en mandarles recoger semillas, como se acaba de mencionar, que llenen de agua un paxu (cesto de mimbre) o que laven lana negra hasta que se vuelva blanca.

Ilustración para el libro Mitología asturiana de Alberto Álvarez Peña

Xana

Las xanas, conocidas también como chanas, janas o injanas, entre otros muchos nombres, son las hadas del folclore asturiano. Son descritas como jóvenes y bellas muchachas de muy corta estatura, tienen largas melenas rubias y viven en cuevas o en fuentes. Tan destacables eran sus cabellos que a veces se les designaba como pelosas (asturiano: peludas). Para el folclorista Jove y Bravo, las xanas cubren sus diminutos cuerpos con túnicas plateadas, mientras que en otros cuentos aparecen desnudas o con ropajes blancos o floreados. Como todas las hadas y seres feéricos, estas criaturas serían paganas y se espantarían al oír el nombre de Dios, de la Virgen o de cualquier Santo, pero Aurelio del Llano dice de ellas que son cristianas, además de que visten con el traje típico del país.

Jesús Callejo, en su Guía de los seres mágicos de España: hadas, dice que tanto anjana como xana proceden del término medieval «jana» que por aquella época se le hacía sinónimo de hechicera. Este hecho se puede observar en una poesía popular recogida por Juan Menéndez Pidal a finales del siglo XIX, donde también se ve sus funciones como lavanderas:
¡Ay!, que una xana hechicera
lavando está en fuente noble,
lavando madejas de oro,
vestida de mil primores.
En el fondo de sus fuentes amontonan grandes tesoros custodiados a veces por cuélebres, y todo lo que poseen está hecho de oro, como gallinas, polluelos, los peines con los que acicalan sus largas cabelleras o las ruecas con las que hilan madejas del mismo metal dorado. A diferencia de las anjanas cántabras, las xanas están ligadas al agua en lugar de a los bosques, y por la noche extienden junto a los ríos sus madejas de oro mientras cantan y bailan. Constantino Cabal recogió una historia de Villamor protagonizada por un aldeano llamado Otero. Este personaje, al regresar a casa tras regar sus campos por la noche, se encontró en el Prado de las Tercias unas cuantas madejas de oro. Aprovechó la ocasión para robar una de ellas, pero la xana a la que le pertenecía salió tras él al grito de ladrón. Otero echó a correr, pero como la xana no dejaba de perseguirle, se vio obligado a tirar la madeja y se encomendó a la Virgen; sólo así la xana se detuvo.

En otras leyendas, los ladrones consiguen con éxito sustraerle algún objeto a las xanas pidiendo protección a un Santo o la Virgen a cambio de entregarle el tesoro robado como ofrenda. En la parroquia de Naviego guardan un manto elaborado por estas hadas, y la iglesia de Santiago de Aguino, del concejo de Somiedo, está en posesión de un cáliz que una chiquilla robó en la noche de San Juan. Algo parecido ocurrió en el pueblo de Villanueva: Aurelio del Llano recogió una leyenda en la que una mujer robó un cáliz a las xanas y al grito de «¡Virgen de Villanueva, es para ti!» se libró de su perseguidora y entregó el cáliz a la iglesia de su pueblo.

Cueva del Pielgu, uno de los muchos lugares de Asturias habitado por xanas
Algunas xanas, tal y como dice Aurelio del Llano, estaban encantadas, por lo que se podría deducir que algunas eran genuinas y otras accedían a esta condición por algún tipo de encantamiento. Este hecho se puede ver en una leyenda que transcurre entre los años 790 y 800. La monarquía asturiana de Mauregato entregaba a las jóvenes más bellas de la región como tributo al reino musulmán. Los guerreros del rey recorrían poblados y aldeas en busca de muchachas hasta que llegaron a Illés (actual Áviles). Allí se hospedaron en la casa de un matrimonio, pero al ver a los soldados, la mujer se alarmó creyendo que se llevarían a su hija Galinda, que en esos momentos se encontraba recogiendo agua de la fuente. Los soldados engañaron a la familia diciéndoles que venían por otros asuntos. Cuando llegó Galinda, sospechó al instante de los soldados y les engañó ofreciéndoles cantos y bailes fuera de casa. Cuando tuvo la oportunidad, se alejó del grupo con el pretexto de que buscaba un lugar adecuado para bailar, pero acabó escapando hasta una fuente donde pretendía esconderse. Allí, una dulce voz le dijo: «Si quieres ser tú mi xana, vivirás días dichosos. Bebe un sorbo de mi agua y te verás libre de los soldados del rey y acabarás con el tributo». Cuando los soldados encontraron a Galinda al día siguiente, ésta ya era una hermosísima xana que se estaba junto a su fuente peinándose con un peine de oro. Al intentar atraparla, Galinda los convirtió a todos en borregos, y lo mismo hizo con las tropas que continuó mandando el rey para buscar a sus soldados. Harto de la situación, el mismo rey acudió con un séquito a ver qué ocurría, pero cuando le preguntó a Galinda por sus soldados, la xana lo transformó en pastor y le dijo que no lo devolvería a su estado natural si no cancelaba el tributo con los musulmanes. Así lo prometió el rey, que en el acto envió un mensajero al reino musulmán para que explicara que el pacto quedaba roto ante la imposibilidad de cumplirlo.

Este hechizo podía romperse bajo ciertas condiciones, generalmente en la noche de San Juan. Existen varios métodos, entre los que destacan los siguientes, en los que se le suele decir a la xana «Toma mi pobreza, dame de tu riqueza» para comenzar el ritual:

El hilo en la fuente
Por el ojo de una fuente asoma un hilo de lino o de oro, el que vaya a desencantar a la xana debe tirar del él, el cual parece que no se acaba nunca, hasta el final sin que se rompa. Si lo logra, aparece la xana al final del hilo, desencantada y feliz, pero si lo rompe, allí se quedará la desdichada. Cuenta un leyenda que un hombre encontró uno de estos hilos, y en su intento por sacarlo, se lanzó a las aguas hasta que llegó al palacio de las xanas, donde quedó preso por sus encantos.

La serpiente
Con este método, al igual que otras hadas encantadas de España y Europa, la xana se transforma en una horripilante serpiente que se enroscará en el mozo que desee desencantarla. En algunas versiones, sólo debe aguantar el pánico firme y sereno, entonces la xana recuperará su aspecto humano y se casará con su salvador o le entregará sus tesoros, pero en otras versiones deberá besarle tres veces en su boca de reptil o quitarle una rosa o clavel de la boca. En caso de no conseguirlo, como es costumbre, acaba con la xana encantada durante aún más tiempo.

Los panes
En la noche de San Juan, la xana encantada le entrega un pan de cuatro picos a un hombre haciéndole prometer que volverá al año siguiente con el pan intacto. El hombre hace la promesa y guarda con sumo cuidado el pan, pero su mujer acaba encontrándolo y, por pura curiosidad, se come uno de los picos. Cuando el hombre regresa ante la xana, ésta rompe a llorar porque el pan que le había dado debía transformarse en un caballo que la sacaría de su cueva, pero en ese estado resultaría cojo y seguiría allí atrapada. Algunas leyendas acaban con la xana regalándole de todos modos un paño o un cinturón al hombre para que se lo dé a su mujer, pero de camino a casa acaba atándolo a la rama de un árbol para echarse una siesta y ve cómo el árbol estalla en llamas, dándose cuenta del horrible destino que le había preparado el hada a su mujer por estropear su liberación.

Los pollos de oro
Como siempre, en la noche de San Juan, si se ve a unos pollitos de oro siguiendo a su madre, que es del mismo metal, bastará con tocar a uno de estos con lino que haya estado en una iglesia u orinándole encima para romper el hechizo de la encantada.

La elección de objetos
Ante el humano se presentan varios objetos que debe escoger, y la xana le hace preguntas del estilo: «Cuál te gusta más: ¿el peine o mis cabellos rubios?». Si responde que sus cabellos, la desencanta, y si responde el peine, el encantamiento durará más tiempo. Otras veces, en vez de un peine son unas tijeras o un mechón de pelo. En otra variante, las xanas piden un pañuelo, y el mozo debe preguntar que con qué mano quiere que se lo entregue. Sea cual sea la respuesta, se le debe entregar con la mano contraria a la que ha dicho, de lo contrario se llevará al joven con ella a las profundidades del agua.

La prueba de besar a la serpiente para desencantar a un hada es un mito muy extendido por Europa
Ilustración para los cuentos de hadas de Joseph Jacobs y cuadro de Isobel Lilian Gloag
Aurelio del Llano recogió un cuento en el que la misma xana intenta librarse de su encanto con varios de estos métodos, pero el pobre Pachón de Morcín, protagonista de esta historia, fracasa en todos sus intentos: Pachón se levantó la mañana de San Juan alertado por sus vecinos porque se había escapado una de sus vacas. Mientras la buscaba, oyó un ruido junto al agua y vio una xana lindísima que se estaba peinando bajo un árbol. Ella se dio cuenta de su presencia y le entregó un pan. Si se lo devolvía intacto el año siguiente, le entregaría todas sus riquezas. Desgraciadamente, su mujer encontró el pan y se comió uno de sus picos, y al ver esto la xana le gritó a Pachón: «No cumpliste tu palabra. ¡Mas voy a cambiarme en cuélebre, y si me dejas acercar mi lengua a la punta de tu lengua, aún podré liberarme del encanto!». Así lo hizo el hada, pero Pachón huyó al ver al horrible dragón y volvió a increparle tras adoptar su forma humana. Finalmente, la xana le dio a elegir entre un espejo y un peine. Pachón escogió el peine, y mal escogió, porque la pobre encantada le dijo así: «Eres cobarde, desdichado y frívolo. ¡Ni a ti ni a tus descendientes os faltarán sarnazos que rascar ni ovejas que trasquilar!». Todavía se dice que los descendientes de Pachón trasquilan las ovejas y no paran de rascarse.

Se sabe que las xanas tienen hijos, conocidos como xanines, y que a veces tienen trato carnal con los humanos, aunque poco se sabe de sus contrapartidas masculinas. Constantino Cabal recogió en su libro, Los dioses de la vida, un poema que hacía referencia al xanu, quien vivía en las nubes. Estos xanus podrían tratarse de espíritus como el Nuberu, al que se le conoce también como Xuan Cabrito (xanu derivaría en Xuan, al igual que xana en Xuana). También dice Cabal que en algunas partes se conoce a los xanus como Juan Canas, un asustaniños pequeño y malicioso que secuestraba a los que se acercaban demasiado al río o un pozo agarrándolos con un gavitu (bastón).

Por la naturaleza etérea de las hadas, éstas suelen robar niños humanos y sustituirlos por los suyos propios para que crezcan sanos y fuertes con leche humana, que es mucho más nutritiva. Las xanas no son menos y hacen lo mismo con sus xanines, aunque en ocasiones lo que buscan es que sus hijos reciban el bautismo. Por suerte se puede reconocer a un niño cambiado de diferentes maneras: suelen ser pequeños, escuálidos y enfermizos, pero lo más destacable es que están cubiertos de una fina pelusa. Una vez descubierto el engaño, se puede recuperar al niño robado dejando de alimentar al falso, entonces vendrá la xana preocupada para llevarse a su hijo. En La Canga, en el concejo de Colunga, una madre dejó de amamantar al xanín ignorando totalmente sus lloros; al poco llegó la xana que le devolvió a su hijo diciéndole: «¡Toma el tu mocosín y dame el mío pelosín!».

También se puede desvelar la naturaleza del xanín haciendo algo que le sorprenda o confunda. El método más común consiste en hervir agua en numerosas cáscaras de huevo como si fueran ollas o pucheros diminutos; cuando el niño las ve hervir, acaba confesando su verdadera edad y que nunca, en su larga vida, había visto algo semejante: «¡Cien años va que nací, y nunca tantos pucheros vi!». Entonces se le da unos azotes al niño y, al llorar, acude la xana para volver a cambiar a los chiquillos.

Pese a la preocupación que tienen por sus hijos, no parecen mostrar el mismo trato por los niños que han secuestrado. Constantino Cabal contó la historia de una mujer de Alea (Ribadesella) que pedía manteca para alimentar a su hijo escuálido, pero cuando se la daban, se la comía toda ella y no dejaba nada para la criatura. Al final se descubrió que era una xana disfrazada que había intercambiado a su hijo con el de una campesina. La madre la descubrió y la xana, apiadada, le devolvió al niño. Al invierno siguiente, la xana y su hijo murieron y los aldeanos de Alea los enterraron juntos en la cueva en que habitaban.

Alberto Álvarez Peña

Zagan

Zagan, o Zagam, es un gran presidente y rey del infierno mencionado en diversas obras demonológicas. Es el sexagésimo primer espíritu listado en el Ars Goetia. Aparece como un toro con alas de grifo pero puede adoptar forma humana. Se encarga de hacer ingenioso al ignorante y necio al sabio; convierte el vino en agua, la sangre en vino y transforma en monedas cualquier metal que se le dé. Gobierna sobre treinta y tres legiones de demonios y debe usarse su sello a la hora de invocarlo.

En el Diccionario infernal se dice que convierte el agua en vino, la sangre en aceite, el plomo en plata y el cobre en oro. El Pseudomonarchia Daemonum da otra versión y explica que transforma el agua en vino, el vino en agua, la sangre en aceite y el aceite en sangre.

Ilustración para la Ars Goetia de Aleister Crowley

Gaizkín

El gaizkín, también conocido como gaiztoak (euskera: maligno) o gaizkiñak, es un duende o genio maléfico de la mitología vasca que está presente a lo largo de todos los Pirineos. Esta clase de espíritus se manifiestan dentro de las almohadas, aglomerando las plumas de las que están rellenas hasta que les dan forma de cabeza de gallo. Este hecho causa una extraña enfermedad a aquellos que duermen sobre la almohada que ha sido poseída.

Cuenta José Miguel de Barandiaran que en Marquina (Vizcaya), las personas poseídas por los gaizkiñes iban a Urquiola a hacer un novenario, asegurando que algunas morían durante el proceso y que a otras les salía el gaizkín por las uñas de los dedos de las manos. Para deshacerse de estos genios habría que quemar la figura en forma de cabeza de gallo que se ha creado dentro del almohadón. Jesús Callejo añadía en su libro Guía de los seres mágicos de España: Duendes que, si la figura había adoptado el aspecto total de un gallo, habría que llevarla a una encrucijada de caminos y quemarla allí, tal y como se hacía en Galdácano o en Sara.

Gaizkín ilustrado en Guía de los seres mágicos de España: Duendes de Jesús Callejo - Ricardo Sánchez

Hugin y Munin

En la mitología nórdica, Hugin (nórdico antiguo: Pensamiento) y Munin (nórdico antiguo: Memoria) son un par de cuervos asociados con el dios Odín. Hugin y Munin viajaban alrededor del mundo recogiendo noticias e información para el Padre de todos. Hugin es el «pensamiento» y Munin es la «memoria»; ambos eran enviados al alba para recoger información y regresaban por la tarde. Se posaban en los hombros del dios y susurraban a sus oídos todas las noticias que habían visto y oído. Es por esto que se utilizan los kenningar Hrafnaguð (Dios cuervo), Goði hrafnblóts (Godi de las ofrendas a los cuervos) y Hrafnfreistuðr (Adiestrador de cuervos) para referirse a Odín. En la saga de los Ynglins, la primera parte de la Heimskringla, se dice que Odín les dio el don del habla a este par de aves.

En los dichos de Grimnir, el Padre de todos expresa su preocupación por si algún día estos cuervos no regresan a su lado:
Por todas las tierras Hugin y Munin
volando van cada día
me temo si Hugin quizá no vuelva,
Munin más me preocupa.
Edda poéticaGrímnismál, estrofa 20.

Odín asistido por sus dos cuervos - Johannes Gehrts

Vapula

Vapula, también llamado Naphula, es el sexagésimo demonio listado en el Ars Goetia, donde se dice que es un duque grande, fuerte y poderoso del infierno. También es mencionado en otras obras como el Diccionario infernal de Collin de Plancy o el Pseudomonarchia Daemonum de Johann Weyer. Aparece como un león con alas de grifo; hace a los hombres diestros en toda clase de oficios y trabajos manuales y enseña filosofía y otras ciencias. Gobierna sobre treinta y seis legiones de demonios y debe usarse su sello para invocarlo.

Vapula ilustrado en el Ars Goetia de Aleister Crowley.

Melusina

Melusina es un hada encantada de la tradición francesa que cada sábado se veía transformada en una criatura mitad mujer y mitad serpiente. Fue la fundadora de la dinastía de los Lusignan y las primeras referencias de su leyenda se remontan al siglo XII, pero se conviertió en obra literaria entre los siglos XV y XVI a manos de Jean d'Arras y de Couldrette, que recopilaron todas las historias y cuentos relacionados con ella.

Elinas, rey  de Albania, perdió a su esposa y, para superar su dolor, se adentraba en el bosque para cazar. En una de sus batidas encontró a un hada llamada Pressine junto a una fuente, se enamoró de ella al instante y le pidió que se casara con él. Ella aceptó, pero le puso como condición que no asistiera al nacimiento de sus hijos. Tiempo después, alumbró a trillizas: Melusina, Melior y Palatine, pero el rey olvidó su promesa y entró en la habitación mientras el hada limpiaba a las recién nacidas, haciendo que Pressine huyera llevándose a sus hijas.

Al crecer las tres muchachas, Pressine les contó la afrenta de su padre, diciéndoles que de no haber sido por eso, podrían reinar en Albania. Melusina organizó una venganza contra su padre y, junto a sus hermanas, lo secuestraron ya anciano y lo encerraron en una montaña. Al decírselo a su madre, ésta las maldice porque aún estaba enamorada de él y condenó en particular a Melusina haciendo que cada sábado adoptara aspecto de serpiente de cintura para abajo. El único modo de librarse de esta maldición consistía en encontrar a un hombre que se casase con ella y nunca la viera con su aspecto de reptil. De esta manera, podría vivir y morir como el resto de los mortales, pero si se rompía la promesa, su condena duraría para toda la eternidad.

El descubrimiento del secreto de Melusina, de Le Roman de Mélusine - Guillebert de Mets
Melusina comenzó a vagar sin rumbo hasta que en Francia se encuentra al caballero Raymondin, descendiente de una familia bretona. La historia de Elinas se repite: los dos se enamoran y se casan con la condición de que Raymondin no viera nunca a Melusina en sábado. Melusina fundó la ciudad de Lusignan y construyó allí el castillo donde viviría. Con el tiempo, le dio multitud de hijos a Raymondin, pero cada uno de ellos, aunque hermosos y bien formados, estaban marcados con una malformación al ser su madre un ser sobrenatural: el primero era Urian, que tenía la cara ancha y corta, las orejas enormes y un ojo rojo y el otro azul; el segundo se llamó Odon, de buenas proporciones pero con una oreja mucho más grande que la otra; el tercero fue Guion, que tenía un ojo más alto que el otro; Antoine fue el cuarto, y tenía en la mejilla las marcas del arañazo de un león; el quinto fue Regnault, sólo tenía un ojo, pero podía ver claramente a veinte leguas de distancia; el sexto tenía un diente de gran tamaño que le sobresalía de la boca, por lo que fue llamado Geoffroy a la Grand' Dent (Geoffroy el del gran diente); el séptimo fue Froimond, cuyo único defecto consistía en una mancha velluda en la punta de la nariz; el octavo fue el último, y aunque no se conoce su nombre, fue grande y maravilloso, dotado de tres ojos, uno de ellos colocado en la frente.

A parte de estas anomalías, la familia vivía dichosa y feliz, pero un personaje que envidiaba su buena fortuna instigó dudas a Raymodin sobre la prohibición de su esposa, diciéndole que podría estar viéndose con un amante. Carcomido por la sospecha, espió a su esposa un sábado mientras se bañaba transformada en mujer-serpiente. Al romperse la promesa, Melusina sufre la maldición y se marcha de su hogar transformada con ese aspecto, apareciéndose sólo para anunciar la muerte de algún Lusignan, los descendientes de su hijo Geoffroy la Grand' Dent.

Melusina descubierta - Émile-Antoine Bayard