Campe

Campe (griego: Καμπη; Kampê; retorcida/doblada) era una dragona ctónica, criatura mitad mujer, mitad dragón, de la mitología griega. El titán Cronos le encargó la tarea de vigilar y custodiar a los Hecatónquiros y Cíclopes que había encerrado en las profundidades del Tártaro, pero murió a manos de Zeus cuando éste fue a liberarlos para que lucharan a su lado en la TitanomaquiaHesiquio de Alejandría hace notar que el poeta Epicarmo califica a Campe de «ceto» o monstruo marino. También es mencionada brevemente en la Biblioteca mitológica de Apolodoro y descrita con más detalle en las Dionisiacas de Nono de Panópolis, donde el autor la pintaba como un ser con el torso de una mujer y el resto del cuerpo de un dragón, con centenares de serpientes por pies y cabellos, además de tener cincuenta cabezas de diferentes bestias brotando de su cintura y cola de escorpión:
«No temas sus elefantes, porque el próvido Zeus, tu padre, también pudo destruir con su rayo al descomunal Campe, de elevada cabeza, cuyo cuerpo estaba formado por multitud de extrañas criaturas. Tenía, pues, un millar de colas reptantes que surgían de sus patas de serpiente, y escupía veneno con gran alcance aquel híbrido y retorcido ser, que se inflamaba provocando guerra. En tomo a su cuello cincuenta cabezas de diversas fieras florecían. Algunas de ellas rugían con figura leonina, con la apariencia de la intrigante Esfinge de terrible rostro. Otras, en cambio, eran de jabalí y rezumaban espuma de sus colmillos, en una perfecta imitación de la faz de Escila, con una cohorte reunida de cabezas de muchos perros. Era doble su naturaleza, y a partir de la mitad de su cuerpo, se aparecía en forma de mujer, de cabellos de serpiente que lanzaban veneno. Su híbrida y enorme figura, desde lo más alto del pecho hasta la articulación del muslo, estaba cubierta de escamas como un monstruo acuático. Las garras de sus manos, que se extendían por doquier, se doblaban como una hoz de uñas corvas, y desde lo alto de la espalda, reptaba un escorpión enroscado sobre sí mismo a través de su pavoroso lomo, con una cola de granizo afilada con un agudo aguijón que se levantaba sobre su cuello. Así era el multiforme y serpentino Campe cuando se alzó en armas: volaba con el impulso variado de sus oscuras alas, dando vueltas sobre la tierra, el Éter y las tempestuosas profundidades, mientras blandía huracanes y se armaba de tormentas. Tal era aquella ninfa del Tártaro, de negras alas. Las llamas rutilantes de sus párpados despedían chispas que salían despedidas a distancia. A tal bestia dio muerte tu padre, el celeste Zeus, venciendo a aquella serpentina criatura de guerra que le enviaba Crono».
Dionisicas, Canto XVIII - Nono de Panópolis
Campe luchando contra Zeus en una ilustración de la saga de Percy Jackson

Titanes

En la mitología griega, los titanes —masculino— y titánides —femenino— (en griego antiguo Τιτάν, plural Τιτᾶνες) eran una raza de poderosos dioses que gobernaron durante la legendaria edad de oro.

Los titanes fueron doce desde su primera aparición literaria, en la Teogonía de Hesíodo; aunque en su Biblioteca mitológica, Apolodoro añade una decimotercera: Dione, desdoblamiento de la titánide Tea.

Los titanes estaban relacionados con diversos conceptos primordiales, algunos de los cuales simplemente se extrapolaban de sus nombres: el océano y la fructífera tierra, el Sol y la Luna, la memoria y la ley natural. Los doce titanes de la primera generación fueron liderados por el más joven, Crono, quien derrocó a su padre Urano (‘Cielo’) a instancia de su madre, Gea (‘Tierra’).

Posteriormente los titanes engendraron una segunda generación, destacando los hijos de Hiperión (Helios, Eos y Selene), las hijas de Ceo (Leto y Asteria) y los hijos de Jápeto (Prometeo, Epimeteo, Atlas y Menecio).

Los titanes precedieron a los doce dioses olímpicos, quienes, guiados por Zeus, terminaron derrocándolos en la titanomaquia (‘guerra de los titanes’). La mayoría de ellos fueron entonces encarcelados en el Tártaro, la región más profunda del inframundo.

En la Teogonía de Hesíodo los doce titanes siguen a los Hecatónquiros y los Cíclopes como grupo de hijos menores de Urano y Gea:
Más tarde yació con Urano y trajo a Océano el de profundos remolinos, a Ceo y Crío e Hiperión y Jápeto, a Tea y Rea, a Temis y Mnemósine y a Febe la de dorada corona y a la encantadora Tetis. Tras ellos nació el astuto Crono, el benjamín y más terrible de sus hijos, y éste odió a su vigoroso padre.
Temeroso de que pudieran destronarle, Urano mantenía a todos sus hijos atrapados en el Tártaro. Como castigo, Gea envió a su hijo Crono, el menor de ellos, a atacar a su padre. Lo castró con una hoz adamantina y liberó así al resto de las entrañas de la Tierra, proclamándose rey de los titanes junto a su hermana Rea como esposa y reina.
Ambos engendraron una nueva generación de dioses, pero Crono, temiendo también que algún día lo derrocasen como él había hecho, se los tragaba enteros nada más nacer. Resentida por ello, Rea logró esconder a su sexto y último hijo, Zeus, entregándole en su lugar a Crono una roca envuelta en pañales que tragó confiado. El pequeño fue enviado a Creta, protegido por los guerreros Curetes, que entrechocaban sus armas cuando Zeus lloraba para que Cronos no lo oyera, y amamantado por la cabra Aix y su nodriza Amaltea.

Otras historias cuentan que Rea, además de salvar a Zeus de ser engullido por su padre, también le entregó un potro a Crono en lugar de su hijo Poseidón.

Cuando Zeus llegó a la edad adulta sometió a Crono por la astucia más que por la fuerza, dándole a beber un emético preparado con la ayuda de su abuela Gea que le hizo vomitar a sus hermanos. Comenzó entonces una guerra entre los dioses más jóvenes y los mayores, en la que Zeus fue auxiliado por los Hecatónquiros y los Cíclopes, quienes una vez más habían sido liberados tras su nuevo encarcelamiento por Crono. Zeus venció tras una larga batalla y encerró a los Titanes que se le habían enfrentado en el Tártaro.

Los que no se habían opuesto a él siguieron teniendo de forma más o menos directa un papel en el nuevo orden: Océano continuó circundando el mundo, el nombre de la ‘brillante’ Febe fue empleado como sobrenombre de Artemis y añadido como epíteto de Apolo («Apolo Febo»), Mnemósine alumbró a las Musas, Temis siguió encarnando el concepto de ‘ley de la naturaleza’ y Metis fue madre de Atenea.

Cornelis van Haarlem - La caída de los Titanes

Cíclopes

Los cíclopes (griego: Κυκλωψ; ojo circular) son una serie de gigantes de la mitología griega que tan sólo tenían un ojo en medio de la frente. Debido a esto, y por extensión, también se puede denominar como cíclopes o seres ciclópeos a criaturas de otras creencias que sólo tengan un ojo, como el ojáncano, el Tártalo, los arimaspos, el fachan, etc.

La primera generación de cíclopes fueron Arges (griego: Αργης; Resplandeciente), también llamado Acmonides (griego: Ακμωνιδες; Hijo del yunque) y Piracmon (griego: Πυρακμων; Yunque de fuego), Brontes (griego: Βροντης; Trueno) o Argilipos (griego: Αργιλιπος; Radiante) y Estéropes (griego: Στεροπης; Rayo), que nacieron de la unión de Gea y Urano al inicio del mundo junto a los hecatónquiros y los dioses titanes. Urano, que aborrecía y temía a sus hijos, los mantenía encerrados en el interior de su madre. Gea, harta de la situación, urdió un plan y, tras forjar una hoz adamantina, instigó a sus vástagos a revelarse contra su padre. Sólo Crono, el más joven de los dioses titanes, se ofreció voluntario para actuar; tomó la hoz y castró a su padre cuando, llegada la noche, descendió para mantener relaciones con Gea.

Pese a que Urano fue destronado, Crono, que se hizo con el poder, mantuvo a sus hermanos cíclopes y hecatónquiros encerrados en el Tártaro custodiados por la monstruosa Campe. Estas brutales deidades estuvieron en cautiverio hasta que los hijos de Crono, liderados por Zeus, los liberaron para que les ayudasen en su lucha contra los titanes. En agradecimiento, los cíclopes forjaron magníficas armas para sus rescatadores: el rayo para Zeus, un tridente para Poseidón y un casco que dotaba del don de la invisibilidad a quien se lo pusiera para Hades. Tras ganar los dioses Olímpicos la guerra, los cíclopes continuaron con sus trabajos en la forja como ayudantes del dios Hefesto.

Odiseo emborrachando a Polifemo - Constantin Hansen
Posteriormente, Asclepio, hijo del dios Apolo, se convirtió en un médico tan prodigioso que hasta logró resucitar a los muertos, pero como estaba alterando el orden natural de las cosas, Zeus lo fulminó con un rayo. Como represalia, Apolo mató a los cíclopes por forjar el arma que mató a su hijo, pero al tratarse de seres inmortales por ser hijos de Urano y Gea se cree que en realidad acabó con los hijos de estos, que serían los otros cuatro cíclopes que menciona Nono de Panópolis en la Dionisíacas: Elatreo (griego: Ελατρευς; Hierro forjado), Eurialio (griego: Ευρυαλος; El de amplios pasos), Traquio (griego: Τραχιος; Robusto o Raudo) y Halimedes (griego: Ἁλιμηδης; El que gobierna el mar).

A parte de estos cíclopes primordiales también estaban aquellos con los que se encontró Odiseo en su viaje de vuelta a Ítaca tras la guerra de Troya. Esta raza expulsó gracias a su terrible fuerza y descomunal tamaño a los feacios de las tierras de Hiperea, donde se instalaron y se dedicaron al pastoreo. En la Odisea no se dice explícitamente su origen, aunque se puede interpretar por las palabras de Alcínoo que nacieron cuando la sangre de Urano fecundó a Gea tras su castración, ya que los emparenta con los gigantes. Pese a esto, el más fuerte y grande de todos era Polifemo, hijo de Poseidón y la ninfa marina Toosa, que vivía en solitario en una cueva junto a su ganado.

Desgraciadamente, Odiseo y sus hombres se cobijaron en la guarida de Polifemo y descubrieron horrorizados que el cíclope era antropófago, pues devoró a algunos de ellos y mantuvo encerrados al resto para comérselos luego atascando la entrada de su cueva con una gran roca. Para escapar, el Odiseo emborrachó al gigante y, cuando éste le preguntó por su nombre, le dijo que se llamaba Nadie. Cuando finalmente cayó dormido por el alcohol, lo cegaron clavándole una estaca en el único ojo que tenía. Al gritar de dolor, el resto de cíclopes acudieron y quisieron saber quién le había hecho eso para vengarse, pero Polifemo sólo gritaba: «¡Nadie, Nadie!», por lo que supusieron que se lo había hecho él solo y lo dejaron estar. Al día siguiente, cuando Polifemo tenía que sacar a su rebaño para que pastase, apartó la roca de la entrada y palpó una por una a cada oveja para comprobar que sus prisioneros no se escapasen, pero Odiseo y sus compañeros consiguieron huir enganchados en el vientre de las ovejas. Cuando se creyó a salvo de la ira del cíclope, Odiseo le gritó desde su nave su verdadero nombre, por lo que Polifemo comenzó a arrojarle grandes rocas a ciegas. Ninguna llegó a alcanzarle, pero desde ese día se ganó la enemistad de Poseidón por lo que le había hecho a su hijo.

Mitos posteriores cuentan que, antes de su encuentro con Odiseo, Polifemo estuvo enamorado de la nereida Galatea, pero ésta le rechazó porque amaba del pastor Acis. Cuando los encontró juntos, enloquecido por los celos, mató a Acis lanzándole una gran roca. La sangre que manó de él acabó convirtiéndose en un río que recibe su mismo nombre.

Grabado de Cornelis Cort

Hecatónquiros

Los Hecatónquiros (griego: Έκατόνχειρες; latín: Centimani; De cien manos, Centimanos) eran, según la mitología griega, tres gigantes primigenios dotados de cien brazos y cincuenta cabezas, hijos de Urano y Gea y hermanos de los cíclopes y los titanes. Estos monstruosos gigantes se llamaban Coto, Giges y Briareo, también conocido como Egeón.

En la Teogonía, Hesíodo nos narra su nacimiento y relata como Urano, temeroso del poder de sus hijos, los encerró en el seno de su madre, la Tierra:
«También de Gea y Urano nacieron otros tres hijos enormes y violentos cuyo nombre no debe pronunciarse: Coto, Briareo y Giges, monstruosos engendros. Cien brazos informes salían agitadamente de sus hombros y a cada uno le nacían cincuenta cabezas de los hombros, sobre robustos miembros. Una fuerza terriblemente poderosa se albergaba en su enorme cuerpo. 
Pues bien, cuantos nacieron de Gea y Urano, los hijos más terribles, estaban irritados con su padre desde siempre. Y cada vez que alguno de ellos estaba a punto de nacer, Urano los retenía a todos ocultos en el seno de Gea sin dejarles salir a la luz y se gozaba cínicamente con su malvada acción».
Gea, a punto de reventar, se quejaba de esta situación y alentó a sus hijos para que se vengaran de Urano. Sólo Cronos, uno de los dioses titanes, dio un paso al frente, aceptó la petición de su madre y le cortó los genitales a su padre con una hoz, destronándolo así.

La castración de Urano -  Giorgio Vasari
Al parecer, Cronos se olvidó de sus hermanos Cíclopes y Hecatónquiros, pues, cuando los dioses olímpicos se enfrentaron a éstos en la Titanomaquia, tuvieron que recurrir a la ayuda de los gigantes de cien manos que todavía estaban atados en las entrañas de la tierra. Tras la lucha, los Hecatónquiros obtuvieron palacios sobre el Océano y se convirtieron en los guardianes de los Titanes. Así nos lo cuenta Hesíodo:
«A Briareo, a Coto y a Giges, cuando en un principio su padre se irritó con ellos en su corazón, les ató con fuerte cadena receloso de su formidable vigor, así como de su belleza y estatura, y les hizo habitar bajo la espaciosa tierra. Allí aquéllos, entre tormentos, viviendo bajo la tierra, permanecieron en lugar remoto, en los confines de la ancha tierra, por largo tiempo, muy angustiados y con su corazón lleno de terrible dolor. Mas el Crónida y los demás dioses inmortales que concibió Rea de hermosos cabellos en abrazo con Cronos, de nuevo los condujeron a la luz según las indicaciones de Gea. Pues ésta les explicó con todo detalle que su ayuda conseguirían la victoria y brillante fama. Ya hacía tiempo que luchaban soportando dolorosas fatigas enfrentados unos contra otros a través de violentos combates, los dioses Titanes y los que nacieron de Cronos; aquéllos desde la cima del Otris, los ilustres Titanes, y éstos desde el Olimpo, los dioses dadores de bienes a los que parió Rea de hermosos cabellos acostada con Cronos. 
Por entonces, enfrascados unos con otros en fatigosa lucha, llevaban ya combatiendo en conjunto más de diez años. Y no se veía solución de la dura contienda ni final a favor de unos o de otros, sino que el resultado de la guerra permanecía indeciso. Pero cuando Zeus ofreció a aquéllos todos los alimentos, [néctar y ambrosía, que los propios dioses comen], creció en el pecho de todos ardorosa pasión. [cuando probaron el néctar y la deliciosa ambrosía]. 
Entonces ya les habló el padre de hombres y dioses: "¡Escuchadme, ilustres hijos de Gea y Urano, para que os diga lo que me dicta el corazón en mi pecho! Por largo tiempo ya enfrentados unos con otros, luchamos todos los días por la victoria y el poder los dioses Titanes y los que nacimos de Cronos. Pero mostrad vosotros vuestra terrible fuerza e invencibles brazos contra los Titanes en funesta lucha, recordando nuestra dulce amistad y cómo después de tantos tormentos bajo dolorosa cadena, de nuevo vinisteis a la luz saliendo de la oscura tiniebla por decisión nuestra". Así dijo y al punto a su vez le respondió el intachable Coto: "¡Divino! No nos descubres cosas ignoradas, sino que también nosotros sabemos cuán excelentes son tus pensamientos y tu inteligencia. Paladín fuiste para los Inmortales de una cruel contienda y por tu sabiduría regresamos de nuevo saliendo de aquella oscura tiniebla, ¡soberano hijo de Cronos!, después de sufrir desesperantes tormentos entre inexorables cadenas. Por ello también ahora, con corazón firme y resuelta decisión, defenderemos vuestro poder en terrible batalla luchando con los Titanes a través de violentos combates. 
[...] Provocaron aquel día una lucha terrible todos, hembras y varones, [los dioses Titanes y los que nacieron de Cronos] y aquellos a los que Zeus, sumergidos en el Érebo bajo la tierra, trajo a la luz, terribles, violentos y dotados de formidable vigor. Cien brazos salían agitadamente de sus hombros, para todos igual, y a cada uno cincuenta cabezas le nacían de los hombros, sobre robustos miembros. 
[...] Entonces aquellos, Coto, Briareo y Giges insaciable de lucha, en la vanguardia provocaron un violento combate. Trescientas rocas lanzaban sin respiro con sus poderosas manos y cubrieron por completo con estos proyectiles a los Titanes. Los enviaron bajo la anchurosa tierra y los ataron entre inexorables cadenas después de vencerlos con sus brazos, aunque eran audaces, tan hondos bajo la tierra como lejos está el cielo de la tierra; esa distancia hay desde la tierra hasta el tenebroso Tártaro [...] En torno a él se extiende un muro de bronce y una oscuridad de tres capas envuelve su entrada; encima además nacen las raíces de la tierra y del mar estéril. Allí los dioses Titanes bajo una oscura tiniebla están ocultos por voluntad de Zeus amontonador de nubes en una húmeda región al extremo de la monstruosa tierra; no tienen salida posible: Posidón les puso encima broncíneas puertas y una muralla les rodea de ambos lados. Allí habitan también Giges, Coto y el valiente Briareo, fieles guardianes de Zeus portador de la égida [...] Delante, apartados de todos los dioses, viven los Titanes al otro lado del tenebroso abismo. Después, los ilustres servidores del muy resonante Zeus habitan palacios sobre las raíces del Océano, Coto y Giges; a Briareo, por su nobleza, le hizo su yerno el gravisonante Ennosigueo; le permitió desposar a su hija Cimopolea».
En la versión dada por Apolodoro en Biblioteca mitológica vemos que todos los hijos de Gea, salvo Océano, atacaron a Urano, pero una vez lo destronó Cronos, volvió a encerrar a los Cíclopes y a los Hecatónquiros en el Tártaro, esta vez custodiados por el monstruo Campe:
«Entonces Gea, afligida por la pérdida de los hijos confinados en el Tártaro, convence a los Titanes para que ataquen al padre y proporciona a Crono una hoz de acero. Ellos, todos excepto Océano, lo atacaron; Crono cortó a su padre los genitales y los echó al mar: de las gotas de la sangre vertida nacieron las Erinias, Alecto, Tisífone y Megera. Y después de destronar a Urano hicieron volver del Tártaro a sus hermanos y entregaron el mando a Crono [...] 
Después de combatir diez años, Gea vaticinó a Zeus la victoria si se aliaba con los arrojados al Tártaro. Él, tras matar a Campe, la guardiana, desató sus ligaduras. Entonces los Cíclopes entregaron a Zeus el trueno, el relámpago y el rayo, a Plutón el yelmo y a Posidón el tridente. Así armados vencieron a los Titanes y los en cerraron en el Tártaro dejando como guardianes a los Hecatónquiros».
Tras estos mitos, Briareo participó en otros tantos, como el citado por Homero en La Ilíada, donde Aquiles le pide a su madre, Tetis, que intentase ganar el apoyo de Zeus durante la guerra de Troya al recordarle su ayuda cuando los otros dioses le encadenaron para ocupar su trono:
«Ve al Olimpo y suplica a Zeus, si es que alguna vez en algo has agradado el corazón de Zeus de palabra o también de obra; pues a menudo te he oído en las salas de mi padre jactarte, cuando afirmabas que de Zeus, el de oscuras nubes, tú sola entre los inmortales alejaste un ignominioso estrago, cuando quisieron atarlo entre todos los demás olímpicos, Hera y también Posidón y Palas Atenea. Mas tú, oh diosa, ascendiste y lo soltaste de las ataduras, llamando de inmediato al espacioso Olimpo al Centimano,  quien los dioses llaman Briáreo, y todos los hombres Egeón, porque él es a su vez más fuerte que su padre, quien se sentó al lado del Crónida, ufano de su gloria, los felices dioses sintieron miedo de él y ya no lo ataron. Recuérdaselo ahora, siéntate a su lado y abraza sus rodillas, a ver si quiere proteger a los troyanos...».
Briareo también aparece en el libro II de Descripción de Grecia de Pausanias haciendo de mediador entre Helios y Poseidón cuando se disputaban unas tierras: «Dicen los corintios que Posidón disputó su tierra con Helio, y que tuvieron como árbitro a Briareo, quien dictaminó que el Istmo y todo lo que hay en él eran de Posidón, y dio a Helio la parte elevada por encima de la ciudad; desde entonces dicen que el Istmo es de Posidón». Claudio Eliano, citando a Aristóteles en su Historias curiosas, menciona que «las columnas que hoy llamamos de Heracles, antes de recibir este nombre tenían el de Columnas de Briareo. Pero cuando Heracles purificó la tierra y el mar, convirtiéndose en el benefactor indiscutido de la humanidad, en su honor, dejaron de conceder importancia a la memoria de Briareo y dieron a las columnas del nombre de Heracles».

Briareo acudiendo a la ayuda de Zeus por petición de Tetis - John Flaxman

Harpías

Las harpías o arpías (griego: Ἅρπυια-αι; Arrebatadoras/Raptoras) son unas criaturas de la mitología griega nacidas de la unión entre el dios marino Taumante y la oceánide Electra, siendo así hermanas de la diosa Iris. También se les conocía como las «perras de presa» de Zeus, ya que secuestraban gente y robaban objetos siguiendo la voluntad del dios. Por estos atributos se les suele considerar como criaturas que habitan en el inframundo como acompañantes de las Erinias.

Las obras griegas mencionan sólo a dos: Aelo (griego: Αελλω; Viento tormentoso), a la que también llaman Aelopo (griego: Αελλοπος; De pies tormentosos), Nicótoe (griego: Νικοθοη; Victoriosa en la carrera), Podarge (griego: Ποδαργη; Pies destellantes) o Podarce (griego: Ποδαρκη; Pies ligeros); y Ocípete (griego: Ὠκυπέτη; Ala veloz), cuyo nombre varía entre Ocípode (griego: Ὠκυπόδη; Pies veloces) y Ocítoe (griego: Ὠκυθόη; Corredora veloz). Autores latinos posteriores, como Virgilio e Higino, añadieron en sus obras a una tercera, Celeno (griego: Κελαινω; La Negra).

Se dice de Aelo que fue la madre de varios caballos inmortales al unirse con los dioses del viento. Homero dijo en la Ilíada que fue madre de Janto y Balio, los caballos de Aquiles, al procrear con Céfiro. Con el mismo dios, según unos fragmentos de Estesícoro, también tuvo a Flogeo y Hárpago, las monturas de los Dioscuros, mientras que en las Dionisíacas de Nono de Panópolis se menciona que engendró a Janto y Podarce, los caballos del rey Erecteo con Bóreas

Estas criaturas, que destacaban por su velocidad y representaban los vientos tempestuosos, fueron descritas en las obras de Pseudo-Apolodoro y Hesíodo simplemente como doncellas aladas de hermosos cabellos, pero la principal imagen que se tiene de ellas es la de fétidos híbridos entre mujer y ave. Higino las describió en sus Fábulas como aves de grandes garras con brazos, pechos, abdomen y muslos de mujer, mientras que Virgilio dijo de ellas en la Eneida que eran aves de repulsivo olor con rostro de muchacha.

Harpía en el Monstrorum historia - Ulisse Aldrovandi
El principal mito en el que aparecen es en el de Fineo, rey de Tracia que recibió el don de la adivinación. Como no respetaba los secretos de los dioses y difundía sus voluntades, fue cegado y condenado a que las harpías le arrebatasen cualquier alimento que intentara llevarse a la boca, dejándole únicamente restos contaminados con sus excrementos. Sólo pudo librarse de ellas cuando Jasón y el resto de argonautas llegaron a sus tierras y se comprometieron a ayudarle a cambio de que los guiase en su viaje.

De ellas se ocuparon Zetes y Calais, pues nacieron alados por ser hijos de Bóreas, el viento del norte; así que cuando las criaturas descendieron para arruinar el banquete que habían montado los argonautas, se vieron emboscada por estos héroes y huyeron.

Su destino final varía según la versión. Para Pseudo-Apolodoro, Aelo cayó abatida en el río Tigres del Peloponeso, llamado luego Harpis en su honor, mientras que Ocípete se desplomó en las islas Equínades, que más tarde fueron llamadas Estrófades (griego: Στροφάδες; Islas del regreso) por ella, pues de allí intentó «volver» (griego: στρέφω; strefo) antes de morir. Al parecer, Zetes y Calais también murieron durante la persecución, aunque tal vez fueron asesinados más tarde por Heracles cerca de Tenos por haber persuiadido a los argonautas de que lo abandonasen en Misia. Apolonio de Rodas, sin embargo, dijo en su Argonáuticas que las harpías no murieron, sino que llegaron hasta las islas Estrófades y fueron salvadas por su hermana Iris, la cual le prometió a los héroes que dejarían de atormentar a Fineo. Tras esto, las harpías se dirigieron a Creta y se ocultaron en una caverna del monte Dicte.

Los últimos en toparse con estas criaturas fueron Eneas y sus hombres, que se las encontraron en las islas Estrófades cuando atracaron e intentaron alimentarse con el ganado que hallaron en el lugar. Justo cuando ya tenían preparado el banquete, las harpías bajaron de los montes y se llevaron toda la comida, mancillando los pocos restos que dejaron atrás. Harto de la situación, Eneas ordenó a sus compañeros que se preparasen para atacarles, pero cuando volvieron a robarles la comida comprobaron que eran invulnerables a los golpes de sus espadas. Finalmente, la harpía Celeno le echó en cara que los animales que iban a comerse eran de su propiedad y le profetizó que, como castigo por su ofensa, no podría amurallar la ciudad que le estaba prometida cuando llegase a Italia.

Fineo y las harpías - Frank Morley Fletcher

Fuentes

Apolonio de Rodas: Argonauticas. Gredos, Madrid (1996).
Hesíodo: Obras y fragmentos. Gredos, Madrid (1978).
Higino: Fábulas. Gredos, Madrid (2009).
Homero: Ilíada. Gredos, Madrid (1996).
Nono de Panópolis: Dionisíacas (Cantos XXXVII-XLVIII). Gredos, Madrid (2008).
Pseudo-Apolodoro: Biblioteca mitologica. Gredos, Madrid (1985).
Virgilio: La Eneida. Gredos, Madrid (1992).

Sirenas

En la mitología griega, las Sirenas (Griego: Σειρῆνες; Las que atan/encadenan) eran unas peligrosas y bellas criaturas que encantaban a los marineros con sus voces para que encallaran en sus islas. Según los mitos, eran criaturas mitad mujer, mitad pájaro.

La genealogía de las Sirenas y el origen de su aspecto de ave varía según el autor. En la obra de Eurípides, Helena, se las llama «damas aladas, virginales hijas de Gea». En la Argonauticas de Apolonio de Rodas se dice: «La adorable Terpsícore, una de las Musas, le dio a Aqueloo las Sirenas, y por un tiempo fueron sirvientes de la galante hija de Deméter, antes de que se casara, y cantaron para ella en coro. Pero ahora, medio humanas y medio pájaro, pasan el tiempo observando las naves desde lo alto de su excelente puerto, y muchos viajeros, reducidos a pieles y huesos, perdieron la alegría de llegar a casa».

Higinio, en sus Fabulas, también las hace hijas de Aqueloo y una musa, pero en este caso cita a Melpómene: «Las sirenas, hijas del río Aqueloo y la musa Melpómene, vagando tras la violación de Perséfone, llegaron a la tierra de Apolo, y aquí fueron convertidas en criaturas voladoras por la voluntad de Deméter, ya que no ofrecieron ayuda a su hija. Fue predicho que sólo vivirían hasta que alguien que las oyera cantar las resistiese». Apolodoro también mencionaba a Aqueloo y Melpómene como padres de las sirenas en la Biblioteca mitológica, aunque también menciona a Estérope, hija de Potaón y Éurite, como madre de estas criaturas aladas.

Ovidio, en su Metamorfosis, también mencionó el origen de las sirenas: «Las Aquelonides (hijas de Aqueloo), ¿por qué las sirenas de dulce voz tienen ahora plumas y pies de ave a pesar de tener la faz de una muchacha? ¿No fue porque, cuando Perséfone estaba recogiendo flores, ellas estaban a su lado, y, cuando en vano la buscaron por todas las tierras, rezaron por alas que las llevaran sobre las olas, para que los mares supieran de su búsqueda, encontraron a los graciosos dioses y de repente vieron un dorado plumaje vistiendo sus muslos? Sin embargo, todavía conservan el don de una gloriosa voz, el encanto de sus melodías, mantienen sus bellas caras y voces humanas». Por lo que hemos visto, las Sirenas eran originalmente humanas, pero fueron convertidas en criaturas aladas por Deméter, ya sea por no haber ayudado a Perséfone cuando la raptó Hades o para que pudieran buscarla por los aires. Al no encontrarla se instauraron en la isla Antemusa.

Zu Ihren Füssen im Sand Knochen und Totenschädel liegend - Hans Thoma
No sólo su parentesco era motivo de discusión entre diferentes autores, sino que su número y nombres también daba de que hablar. Homero, en la Odisea, no citaba ni su número, sus nombres ni orígenes. Eustacio de Tesalónica mantenía la idea de que había dos sirenas: Aglaofono y Telxiepia, pero para Estrabón eran: Parténope y Leucosia. Para Apolodoro eran tres: Pisínoe, Agláope y Telxiepia, tal y como mantenía Hesíodo, aunque él las llamaba: Telxíope (o Telxínoe), Molpe y Aglaofono. Licofrón también decía que había tres sirenas: Parténope, Ligeia y Leucosia. Finalmente, la enciclopedia Suda cita de nuevo tres sirenas con estos nombres: Telxiepia, Pisíone y Ligeia. En una antigua vasija griega se dan dos nombres: Himerope y Telxiepia.


Nombre
Griego
Significado
Telxíope ΘελξιοπηVoz cautivadora
TelxínoeΘελξινοηCautivadora de mentes
TelxiepiaΘελξιεπειαCautivadora
MolpeΜολπηCanción
Pisíone ΠεισινοηLa que afecta a la mente
AglaofonoΑγλαοφωνοςDe sonido espléndido
Agláope ΑγλαοπηVoz espléndida
LigeiaΛιγειαTono claro
LeucosiaΛευκωσιαBlanca sustancia
ParténopeΠαρθενοπηVoz de doncella

Los poetas romanos las situaron en unas pequeñas islas llamadas Sirenum scopuli (rocas de las sirenas), y más tarde fueron localizadas en la ficticia isla Antemusa o Antemóesa, cuyos prados estaban llenos de flores y sus costas eran rocosas y escarpadas. Posteriormente, diversos lugares fueron asignados a las islas de las Sirenas por diferentes personajes. Según Homero, en la Odisea, estaban entre Eea y la roca de Escila. A menudo han sido situadas en el mar Tirreno, frente a las costas del suroeste de Italia, cerca de la ciudad de Paestum o entre Sorrento y la Isla de Capri. Otras tradiciones apuntan a las islas Punta del Faro o a las islas Li Galli. Todas estas ubicaciones fueron descritas en lugares rodeados de acantilados y rocas.

Las Sirenas contaban con una extraordinaria voz con la que atraían a cualquier marinero que las escuchase cantar y, durante el transcurso de sus aventuras, varios héroes tuvieron que enfrentarse a sus mortales cantos. Jasón y los argonautas se toparon con ellas, pero gracias a Orfeo, que entonó una canción más bella que las suyas, consiguieron sobrevivir. Así lo relata Apolodoro: «Cuando pasaron cerca de las sirenas, Orfeo retuvo a los argonautas entonando un canto contrario. Sólo Butes se arrojó hacia ellas, si bien Afrodita lo rescató y lo instaló en Lilibeo».

En las Argonáuticas de Apolonio de Rodas encontramos más detalles. El sabio centauro Quirón le advirtió a Jasón que necesitaría a Orfeo en su travesía para sortear a las Sirenas:
«En poco tiempo avistaron la hermosa isla de Antemusa, donde las Sirenas de claras voces, hijas de Aqueloo, las usaban para hechizar con sus seductoras melodías a los marineros que allí anclaban. La adorable Terpsícore, una de las Musas, le dio a Aqueloo las Sirenas, y por un tiempo fueron sirvientes de la galante hija de Deméter, antes de que se casara, y cantaron para ella en coro. Pero ahora, medio humanas y medio pájaro, pasan el tiempo observando las naves desde lo alto de su excelente puerto, y muchos viajeros, reducidos a pieles y huesos, perdieron la alegría de llegar a casa. Las Sirenas, esperando añadir a los argonautas a estos, se apresuraron a recibirlos con una fluida melodía; y los jóvenes habrían echado amarras con prontitud en su playa si el tracio Orfeo no hubiera intervenido. Alzando su lira bistonia entonó la vivaz melodía de un canto ligero, a fin de que sus oídos zumbasen con la ruidosa interferencia de sus acordes. Y la lira superó su voz virginal. A un tiempo el Céfiro y el sonoro oleaje, que se alzaba de popa, empujaron la nave; y aquéllas emitían un confuso rumor. Pero, aun así, el noble hijo de Teleonte, Butes, el único entre sus compañeros, se adelantó y de su pulido banco saltó al mar, fascinado en su ánimo por la armoniosa voz de las Sirenas; y nadaba entre el borbollante oleaje, para alcanzar la orilla, el desdichado. En verdad que al instante allí mismo le hubieran privado del regreso, pero compadeciéndose de él la diosa Cipris, protectora de Erice, lo arrebató aún en medio de los torbellinos y lo salvó, acudiendo benévola, para que habitase el cabo Lilibeo».
Un pequeño mito de Pausanias dice que Hera persuadió a las Sirenas para que compitieran con las Musas en canto. Las Musas ganaron y les arrancaron las plumas, con las que se hicieron coronas. Pero quizás su aparición más famosa fue en el canto XII de la Odisea, donde Odiseo, que quería escuchar su canto y sobrevivir, se ató al mástil de su nave y taponó los oídos de sus hombres con cera por consejo de Circe:
«"¡Oh amigos! No está bien que uno solo ni dos los oráculos sepan que me ha hecho, prolija, a mí Circe, la diosa entre diosas. Así a todos los he de contar, que quedéis enterados, ya nos toque morir, ya rehuyamos la parca y la muerte. Lo primero exhortóme a evitar a las magas Sirenas, su canción hechicera, sus prados floridos, yo sólo escucharlas podré, pero antes habéis de trabarme con cruel atadura que quede sujeto a mi puesto. Bien erguido del mastil al pie me ataréis con maromas y, si acaso os imploro u os mando aflojar esas cuerdas, me echaréis sin piedad nuevos nudos". Con estas palabras declarábales yo  cada cosa a mis fieles amigos.
Entre tanto la sólida nave  en su curso ligero se enfrentó a las Sirenas [...] Yo entretanto cogí el bronce agudo, corté un pan de cera y, partiéndole en trozos pequeños, los fui pellizcando con mi mano robusta [...] Uno a uno a mis hombres con ellos tapé los oídos y, a su vez, a la nave me ataron de piernas y manos en el mástil, derecho, con fuertes maromas y, luego, a azotar con los remos volvieron el mar espumante.
Ya distaba la costa no más que el alcance de un grito y la nave crucera volaba, mas bien percibieron las Sirenas su paso y alzaron su canto sonoro: "Llega acá, de los dánaos honor, gloriosísimo Ulises, de tu marcha refrena el ardor para oír nuestro canto, porque nadie en su negro bajel pasa aquí sin que atienda a esta voz que en dulzores de miel de los labios nos fluye. Quien la escucha contento se va conociendo mil cosas: los trabajos sabemos que allá por la Tróade y sus campos de los dioses impuso el poder a troyanos y argivos y aun aquello que ocurre doquier en la tierra fecunda.
Tal decían exhalando dulcísima voz y en mi pecho yo anhelaba escucharlas. Frunciendo mis cejas mandaba a mis hombres soltar mi atadura; bogaban doblados contra el remo y en pie Perimedes y Euríloco, echando sobre mí nuevas cuerdas, forzaban cruelmente sus nudos. Cuando al fin las dejamos atrás y no más se escuchaba voz alguna o canción de Sirenas, mis fieles amigos se sacaron la cera que yo en sus oídos había clocado al venir y libráronme a mí de mis lazos».
Apolodoro recogió este mismo mito en su Biblioteca Mitológica y añadió algunos detalles: «Se fue luego con Circe y enviado por ella se hizo a la mar y sorteó la isla de las Sirenas. Las Sirenas eran hijas de Aqueloo y Melpómene, una de las musas, eran: Pisínoe, Agláope y Telxiepia. Una de ellas tocaba la cítara, otra cantaba y la tercera tocaba la flauta, y con estas artes persuadían a los navegantes para que se quedasen; tenían de los muslos para abajo formas de pájaros [...] Tenían las Sirenas un oráculo según el cual si una nave pasaba de largo, morirían; por tanto murieron (con el paso de Odiseo)».

Sirena - Hans Thoma

Con el tiempo, las Sirenas pasaron a formar parte de la obra de historiadores y de bestiarios medievales, donde se les añadieron características de pezPhilippe de Thaon, por ejemplo, ilustró una Sirena con patas de pájaro y cola de pezPlinio el Viejo decía que no se le debía dar crédito a las historias sobre Sirenas, aunque mencionó que supuestamente vivían en la India, donde atacaban a los hombres después de atraerlos con sus canciones.

Isiodoro de Sevilla decía en sus Etimologías que: «Las Sirenas tienen alas y garras porque el Amor vuela y hiere: se mantienen en el agua porque de una ola se gestó Venus. Es de imaginar que hay tres sirenas, en parte mujer, en parte ave, que tienen alas y garras. Una de ellas toca el laúd, otra la flauta y mientras la tercera canta; atraen a los marineros para que naufraguen. Pero todo esto no es cierto; en realidad son prostitutas que llevaron a los viajeros a la ruina». Isidoro también llamaba «sirenas» a ciertas serpientes aladas, cuya picadura era tan venosa que la muerte llegaba antes que de la víctima notara dolor alguno».

En el Bestiario de Guillaume le Clerc se dice de las sirenas lo siguiente: «La sirena es un monstruo de extraña apariencia, de cintura para arriba es la criatura más bella del mundo, con la forma de una mujer. El resto del cuerpo es como un pez o pájaro. Tan dulce y hermosa es la manera en que canta que aquellos que se adentren en el mar, tan pronto oigan su canción, no podrán alejarse de ella. Fascinados por la música, se dormirán en su barco y la sirena los matará antes de que puedan lanzar cualquier grito.

Para finalizar, Bartholomeus Anglicus recogía esto de las sirenas: «La sirena es una bestia marina de maravillosas formas, y atrae a los navegantes al peligro mediante la dulzura de su canción. Algunos hombres dicen que son peces del mar con aspecto de mujer. Otros hombres fingen que hay tres sirenas similares a doncellas, con algún tipo de garras y alas; una de ellas canta con hermosa voz, otra toca la flauta y la tercera el harpa, y piden por favor a los marineros, con el retrato de su canción, que se lancen al peligro de encallar; pero la verdad es que son tres grandes prostitutas que atraen a los hombres que pasan a la pobreza y al mal. El Physiologus también dice que es una bestia marina, con la maravillosa forma de una doncella de cintura para arriba y un pez de cintura para abajo, y esta maravillosa bestia está contenta y feliz durante las tempestades, y triste y molesta con el buen tiempo. Con la dulzura de la canción esta bestia duerme a los navegantes, y cuando ve que han caído en su sueño, sube al barco y encanta a aquel que quiera llevarse con ella; llevándolo a un lugar seco y obligándole a yacer con ella. Si el hombre la rechaza, lo mata y se come su carne».

Ulises y las Sirenas - John William Waterhouse

Qilin

El qilin (chino: 麒麟) es una de las bestias divinas, junto al dragón y el fenghuang, más conocidas en el este asiático. El mito de los qilin pudo originarse cuando, durante la dinastía Ming, se llevó un par de jirafas a Nankín y allí se les declaró animales sagrados. Originalmente, qi (麒) se empleaba para los especímenes machos, li (麟) para las hembras y qilin para la especie en conjunto. En países como Japón y Corea, las palabras para referirse a estos animales míticos, kirin (きりん) y girin (기린), han quedado en desuso y se utilizan principalmente para nombrar a las jirafas. Pese a esto, en el país nipón, el kirin es la criatura más sagrada seguida del ave hoo y del dragón.

Este animal era descrito como una quimera compuesta por el cuerpo de un ciervo, cola de buey y cabeza de dragón. Está dotado de un par de astas, aunque a veces aparece con una sola; por eso, y por su caracter divino, también se le conoce como el unicornio asiático. Además, tenía una espesa melena, su cuerpo estaba cubierto de escamas y se le solía representar rodeado de fuego sagrado. Es una criatura de bondad y pureza tan pacífica que respeta a todo ser vivo, por lo que evita pisar cualquier insecto o incluso la hierba cuando camina. Debido a su naturaleza, sólo aparece durante gobiernos prósperos y nobles o cuando va a nacer un sabio, así que su avistamiento es presagio de gran suerte y fortuna. Se dice que se apareció ante la madre de Confucio antes de que le diera a luz; en el jardín del Emperador Amarillo y durante el reinado del Emperador Yao. Por estas cualidades positivas se utilizaba su figura para adornar templos y santuarios.

Dibujo de un qilin en el Sancai Tuhui, una obra de la dinastía Ming escrita por Wang Qi y Wang Siyien

Caribdis

En la mitología griega, Caribdis (Griego: Χάρυβδις; La que succiona) era un monstruo marino que creaba remolinos, considerado uno de los peligros del estrecho de Mesina junto a Escila. Se decía que los dos lados de este estrecho estaban a un tiro de flecha, tan cercano el uno del otro que los marineros que intentaban esquivar a Caribdis se veían obligados a acercarse demasiado a Escila y viceversa. De esta disyuntiva surgió el dicho «entre Escila y Caribdis», que servía para indicar una elección forzosa entre dos peligros. Mientras Escila vivía en una cueva en un gran peñasco, Caribdis moraba bajo una roca más pequeña sobre la que crecía una higuera.

Circe advirtió a Odiseo de estos monstruos en el capítulo XII de la Odisea, y aunque no ofrece una descripción de la criatura sí que detalla sus catastróficas costumbres, siendo tan peligrosa que aconsejó al héroe acercarse más a Escila para evitar a ésta:
«El peñasco de en frente es, Odiseo, más bajo, y se opone al primero a distancia de un tiro de flecha; en él brota frondísima higuera silvestre y debajo del risco la divina Caribdis ingiere las aguas oscuras. Las vomita tres veces al día, tres veces las sorbe con tremenda resaca y, si ésta te coge en el paso, ni el que bate la tierra librarte podrá de la muerte. Es mejor que te pegues al pie de la roca de Escila y aceleres la nave al pasar. Más te vale con mucho perder sólo seis hombres que hundirte tú mismo con todos».
Al final de este mismo capítulo, la tripulación de Odiseo llegó a Trinacia, la isla del Sol. Pese a las advertencias que les hizo Circe de no tocar el ganado de Helios, sus compañeros sacrificaron varias reses, lo que provocó la cólera del dios. Al hacerse de nuevo a la mar, Zeus lanzó un rayo que destruyó y hundió la nave. Sólo sobrevivió Odiseo, que volvió a toparse con Caribdis, evitando ser tragado por ella al aferrarse a la higuera que crecía en el peñasco bajo el que habitaba. Allí colgado esperó hasta que vomitó los restos de su barco, y sobre ellos vagó a la deriva hasta que llegó a la isla Ogigia, habitada por Calipso.

Los argonautas fueron capaces de evitar estos monstruos marinos gracias a que los guió Tetis, una de las nereidas.

Algunos antiguos escolios decían que Caribdis era hija de Poseidón, o Ponto, y Gea. Apoyó a Poseidón en su lucha con Zeus, y por lo tanto, le ayudó a inundar tierras e islas bajo el agua. Zeus, furioso por las tierras que le había robado, la maldijo convirtiéndola en un monstruo con una incontrolable sed. Por esto bebía tres veces al día del agua del mar para saciarse, creando remolinos con sus tragos. Otras fuentes dicen que fue una mujer de gran voracidad que llegó a comerse algunos de los bueyes de Gerión que Heracles llevaba a Micenas como uno de sus trabajos. Esta actitud enfureció tanto a Zeus que la desterró al mar golpeándola con su rayo y transformándola en monstruo.

Escila

En la mitología griega, Escila (Griego: Σκύλλα; La que desgarra) era un monstruo que vivía en uno de los lados del estrecho de Mesina, justo en frente de Caribdis. Se decía que los dos lados de este estrecho estaban a un tiro de flecha, tan cercano el uno del otro que los marineros que intentaban esquivar a Caribdis se veían obligados a acercarse demasiado a Escila y viceversa. De esta disyuntiva surgió el dicho «entre Escila y Caribdis», que servía para indicar una elección forzosa entre dos peligros.

El parentesco de Escila varía según el autor. Muchos decían que Cratéis era la madre de Escila, tal y como cita Homero en su Odisea, Ovidio en su Metamorfosis o Apolodoro, siendo este último el único que menciona un padre: Trieno (posible Tritón) o Forco (Forcis). Otros autores tenían a Hécate como la madre de Escila, tal y como se menciona en Grandes Eeas de Hesiodo, siendo su padre Forbas. Acusilao también mantenía la idea de que Hécate era la madre de Escila, pero aseguraba que su padre era Forcis.
«Después de esto llegó a un camino doble; por un lado se hallaban las Rocas Errantes, por otro dos enormes escollos; en uno estaba Escila, hija de Crateis y Trieno o Forco; tenía cara y pecho de mujer y de sus costados salían seis cabezas y doce patas de perro».
Biblioteca Mitológica Epítome 7.20, Pseudo-Apolodoro.
Quizás para arreglar este conflicto genealógico, Apolonio de Rodas dijo que Cratéis era otro nombre para referirse a Hécate, y que ésta y Forcis eran los padres de Escila. Del mismo modo. Estesícoro fue el único que dijo que Lamia, la hija de Poseidón, era la madre de Escila, mientras que Higinio la hacía descendiente de Tifón y Equidna.
«Mas no los dejes, en su ignorancia, introducirse en Caribdis, no sea que a todos se los lleve devorándolos, ni pasar junto al odioso refugio de Escila —la funesta Escila de Ausonia, a quien alumbró para Forco la noctívaga Hécate, a la que llaman Cratéis—».
Argonáuticas 4. 825-829, Apolonio de Rodas.
Escila es descrita como un monstruo con torso de mujer y cola de pez, así como con seis perros partiendo de su cintura con dos patas cada uno, contando así con doce pies. Estos perros, pese su feroz aspecto, ladraban como cachorros; según otras versiones, sería un ser con seis largos y serpentinos cuellos con cabezas grotescas, mientras que sus doce patas serían de otra naturaleza; finalmente, según otras fuentes, compartiría algo de ambas descripciones. Sin embargo, se dice siempre que poseía en cada cabeza tres apretadas hileras de afilados dientes.

Según los comentarios de la Eneida de Juan Tzetzes y Mario Servio Honorato, Escila fue una hermosa náyade pretendida por Poseidón, pero la celosa Anfitrite la convirtió en un monstruo al envenenar el agua de la fuente donde se bañaba. Una historia similar nos ofrece Higinio en sus Fabulas:
«Se dice que Escila, hija del río Crateide (Cratéis), era una doncella hermosísima. Glauco la amó, pero a Glauco a su vez lo amó Circe, hija de Sol. Como Escila estaba acostumbrada a bañarse en el mar, Circe, hija de Sol, movida por los celos, emponzoñó el agua con veneno. Cuando Escila bajó al mar, le nacieron perros de sus ingles y se tornó feroz. Ella vengó sus afrentas pues, cuando la nave de Ulises pasó por delante de ella, le arrebató a algunos compañeros».
Fábulas CXCIX, Higinio.
Glauco y Escila - Laurent de la Hyre
Circe envidiosa - John William Waterhouse

Ovidio amplía este mito en su obra La metamorfosis, donde Escila fue una vez una hermosa ninfa. El dios marino Glauco, anteriormente un pescador, se enamoró de ella, pero ésta huyó de él hacia tierra, donde no podía alcanzarla. Desesperado, Glauco fue a la hechicera Circe para que le preparase una poción de amor y así derretir el corazón de la joven. Circe, que estaba secretamente enamorada de Glauco, le recomendó dedicar su amor a alguien más digno de él, intentando cortejarlo con dulces palabras y miradas, pero el dios no quiso saber nada de ella. Circe se enfureció, pero con Escila y no con Glauco; por ello, fingió ayudar al dios entregándole un frasco, recomendándole que lo vertiese en la charca donde Escila solía bañarse. Glauco siguió sus instrucciones y vertió la poción; sin embargo, tan pronto como la ninfa entró en el agua vio como una jauría de perros se abalanzaba sobre ella, hasta que se dio cuenta, horrorizada, de que esos perros salían de su cintura. Glauco, que vigilaba la escena desde la lejanía, perdió su interés por ella y se marchó.

Glauco y Escila - Pedro Pablo Rubens
El canto XII de la Odisea de Homero, Circe le da consejos a Odiseo para que prosiga su viaje, advirtiéndole de las monstruosas Escila y Caribdis. En este fragmento de la obra se describe a Escila y la gruta donde habita:
«La otra ruta se abre entre dos promontorios. La cima de uno de ellos se clava en el cielo anchuroso, cubierta de una nube perenne y oscura: jamás, ni en los días de verano u otoño, la baña la luz. Ningún hombre aquel monte pudiera escalar ni asentarse en la cumbre aun teniendo diez pares de pies y diez pares de manos, porque es lisa la escarpa lo mismo que piedra pulida. Tenebrosa caverna se abre a mitad de su altura orientada a las sombras del ocaso y al Érebo: a ella puesto el caso acostad, noble Ulises, el hueco navío. Ni el más hábil arquero podría desde el fondo del barco con su flecha alcanzar la oquedad de la cueva en que Escila vive haciendo sentir desde allí sus horribles aullidos. Se parece su grito, en verdad, al de un tierno cachorro, mas su cuerpo es el de un monstruo maligno, al que nadie gozara de mirar aunque fuese algún dios quien lo hallara a su paso; tiene en el doce patas, mas todas pequeñas, deformes, y son seis sus larguísimos cuellos y horribles cabezas cuyas bocas abiertas enseñan tres filas de dientes apretados, espesos, henchidos de muertos sombría. La mitad de su cuerpo se esconde en la cóncava gruta; las cabezas, empero, por fuera del báratro horrible van mirando hacia el pie de la escarpa y exploran sus presas, sean delfines o perros de mar o, quizá, algo más grande, un cetáceo entre miles que nutre la aullante Anfitrite».
Circe también le advirtió de que pasase más cerca de Escila, ya que así sólo perdería seis hombres, mientras que si se acercaba demasiado a Caribdis perdería todo el barco: «Es mejor que te pegues al pie de la roca de Escila y aceleres la nave al pasar. Más te vale con mucho perder sólo seis hombres que hundirte tú mismo con todos». También le pide a Odiseo que le haga plegarias a Cratéis, ninfa fluvial y madre de Escila, para prevenir que ésta se lleve más de uno de sus hombres a la vez. Odiseo logró navegar por el estrecho, pero cuando él y sus hombres se distrajeron momentáneamente con Caribdis, Escila capturó a seis marineros que estaban en la borda y los devoró con vida:
«Mirábamos sólo a Caribdis temiendo la ruina y Escila, entretanto, raptónos seis hombres que arrancó del bajel, los mejores en fuerzas y en brazos. Yo, volviendo la vista a la rápida nave y mi gente, alcancé a contemplar por encima de mí el remolino de sus manos y pies que colgaban al aire. Mi nombre pronunciaban por última vez dando gritos de angustia […] Devorólos Escila en las bocas del antro y chillando me alargaban los brazos aún en su horrible agonía…».
La muerte de Escila fue mencionada en las Fábulas de Higinio  y en el Alejandra de Licofrón, donde se menciona que pereció a manos de Heracles en entre otras muchas obras del heroe, aunque luego fue revivida por su padre Forcis al quemarla con antorchas: 
«[Heracles] el que mató a Escila porque ésta, cuando él volvía con los bueyes de Geriones, se le comió uno de ellos desde su cueva, aunque luego el padre de ella, el viejo del mar, Forcine, reconstituyó su cuerpo quemándolo».
Alejandra, Licofrón.
Becky Cloonan