Hormigas indias

Las hormigas indias o excavadoras de oro eran, según los historiadores clásicos, unos extraordinarios insectos que habitaban en las desérticas regiones de Asia. El lugar exacto donde vivían variaba de autor en autor: Heródoto, Plinio el Viejo y Estrabón las localizan aproximadamente en la tierra de los dardos, lo que actualemente sería la frontera norte entre Afganistán y Pakistán, mientras que Filóstrato hace de Etiopía su hogar.

Sea cual sea su hábitat, todos coinciden en su descripción y decían de ellas que son de un tamaño gigantesco para cualquier insecto ordinario, siendo más grandes que un zorro. Plinio el Viejo especificó que eran del color de los felinos y tan grandes como un lobo egipcio; también llegó a decir que en el templo de Hércules en Éritras se conservaban los cuernos de uno de estos animales. Arriano además dijo en su Anábasis de Alejandro Magno que Nearco, oficial del rey macedonio, aunque no vio a ninguna con vida, sí que pudo contemplar los caparazones de algunas de ellas. Los únicos ejemplares conservados en cautividad los mencionó Heródoto entre las rarezas que se encontraban en la residencia del rey de los persas.

Al igual que el resto de hormigas, estos ejemplares excavan bajo tierra para hacer sus madrigueras, pero al vivir en suelos ricos en oro, sacan a la superficie grandes cantidades de este metal precioso. Los nativos del lugar lo codician y se ven obligados a realizar ingeniosas tretas para hacerse con él sin sufrir el ataque de los territoriales insectos.

Primero se hacen con tres camellos, dos machos y una hembra a la que han separado de sus crías, y procuran llegar al hormiguero a la hora en que las temperaturas son más altas, cuando las hormigas se refugian del intenso calor. Entonces cargan a toda prisa a la camella con fardos llenos de la arena rica en oro y salen a la carrera cuanto antes, pues las hormigas, alertadas por el olor, salen en busca de los intrusos y son velocísimas. Para ralentizarlas, sueltan a los camellos macho que llevaban consigo y los utilizan de desdichado cebo, mientras que la hembra, apurada por volver con sus crías, acelera el paso y consigue huir indemne con su valiosa carga.

El etnólogo Michel Peissel teorizó que estas hormigas en realidad podrían tratarse de las marmotas himalayas de Gilgit-Baltistán, región pakistaní rica en oro. Allí descubrió que el pueblo minaro se dedicaba a recoger el oro en polvo que salía a la superficie con la tierra que sacaban las marmotas al excavar sus madrigueras. Heródoto debió entender mal a los traductores locales que le contaban historias de las regiones asiáticas y confundió la antigua palabra persa para «marmota» con la griega para «hormiga», de ahí que muchas descripciones digan que sus corazas o pieles eran como las de los gatos o panteras.

Grabado de History of Darius the Great, de Jacob Abbott.

Fuentes

A book of creatures: Gold-digging ants.
Arriano: Anábasis de Alejandro Magno I-III. Gredos, Madrid (1982).
Claudio Eliano: Historia de los animales I-VIII. Gredos, Madrid (1984).
Filostrato: Vida de Apolonio de Tiana. Gredos, Madrid (1992).
Heródoto: Historia III: Talía. Gredos, Madrid (2007).
Plinio el Viejo: Historia natural VII-XI. Gredos, Madrid (2003).
Wikipedia: Gold-digging ants.

Suiko

Se conoce como suiko a una criatura acuática que llegó a Japón desde China, donde originalmente era llamado shuihu. Tanto en japonés como en chino su nombre se escribe 水虎, que en ambos casos significa «Tigre de agua».

En los textos chinos, como el Bencao Gangmu, se dice que viven en la región de Zhong Lu (actual distrito Xiangzhou), donde el Shu, un río no identificado, desemboca en el Mian. Tienen el aspecto de un niño de tres o cuatro años, pero están cubiertos de escamas impenetrables como los pangolíes. Sus cabezas y rodillas son similares a las de los tigres, de ahí su nombre. Siempre tienen las patas sumergidas en el agua, por lo que lo único que queda a la vista en la superficie son sus rodillas. En otoño disfrutan del sol tumbándose en la arena y se muestran agresivos contra los niños, mordiendo a los que intentan jugar con ellos.

En esta obra también se dice que, cuando se captura uno con vida, se puede cortar su nariz y utilizarla como remedio para «cosas menores», pero los caracteres utilizados en esa frase se pueden entender de otra manera. La nariz en realidad sería su yin o fuerza vital, es decir, sus genitales, y «cosas menores» sería una metáfora para la sexualidad. Así, castrando a un shuihu se podrían utilizar sus genitales como remedio afrodisíaco o para aumentar la fertilidad. Otra interpretación del texto daría a entender que, castrando a un shuihu, se le podía amansar y domesticar, como ocurre con otros animales como perros, gatos o bueyes.

Cuando Terashima Ryōan recopiló su Wakan Sansai Zue, una enciclopedia japonesa del siglo XVIII inspirada en las obras chinas, cambió ligeramente la naturaleza del shuihu al malentender los pasajes chinos, diciendo de él que se volvería el sirviente de aquel que le pellizcase la nariz y que sus rodillas parecen las garras de un tigre. Esta descripción física se mantuvo en Japón y así lo plasmaron artistas posteriores como Toriyama Sekien.

Las obras niponas diferenciaban claramente a los suiko de los kawataro, aunque no negaban que guardasen ciertas similitudes. Con el tiempo se empezó a utilizar el nombre de estas criaturas para referirse a los kappa y, finalmente, pasaron a ser miembros de esta especie pero de mayor tamaño y más violentos, por lo que se llegó a considerar que eran los cabecillas de estos yokai. Matthew Meyer dice en La hora del encuentro con los espíritus malignos que pueden estar al mando de hasta cuarenta y ocho kappa, pero están al servicio de Ryūjin, el rey dragón que vive bajo el mar. Por esto se mostrarían tan violentos con los humanos, para quedar por encima de otros suiko e impresionar a su rey.

Con el tiempo, las leyendas japonesas establecieron a los suiko como habitantes de sus ríos y mares, como el río Chikugo de Kyūshū o el lago Biwa de Shiga, donde se dedicaban a poseer a la gente o a llamar a las puertas de las casas en plena noche. Una vez al año arrastran a alguien al fondo del agua y allí le sorben la sangre, devolviendo el cadáver a su lugar de origen cuando se han saciado. Por suerte, para protegerse de ellos bastaba con colgar una guadaña de la puerta o desperdigando fuera de casa vainas de judías negras o brotes de cáñamo.

Irónicamente, la vida de los suiko quedaba ligada al cadáver del que se han alimentado. Si se sospecha que alguien murió víctima de una de estas criaturas, no se le hace una ceremonia fúnebre normal, sino que se le acuesta en una tabla y se le coloca dentro de una choza de paja construida para la ocasión en el campo. De esta manera, mientras el cadáver se va pudriendo, el suiko que le ha sorbido la vida se va pudriendo con él hasta que fenece. Mientras dura el proceso, se puede oír al suiko merodeando invisible a su alrededor y sólo cuando muere se rompe su hechizo y puede ser visto por los humanos.

Ilustración del Konjaku Gazu Zoku Hyakki - Toriyama Sekien

Fuentes

Meyer, Matthew: La hora del encuentro con los espíritus malignos. Quaterni, Madrid, 2020.
Mizuki, Shigeru: Enciclopedia Yokai Vol. 2. Satori, Gijón, 2018.
Sekien, Toriyama: Guía ilustrada de monstruos y fantasmas de Japón. Quaterni, Madrid, 2014.
Wikipedia: Shuihu.

Juklanus

Los ǰuklanuš eran, según las leyendas de los gitanos de Europa del Este, unos grandes monstruos de cuerpo humano con cabeza y patas de perro. Originalmente eran hombres normales y corrientes, incluso buenas personas, pero fueron transformados en estas criaturas por haber ofendido a un brujo o hechicero. Por suerte podían regresar a su forma humana si una muchacha se enamoraba de ellos y les besaba en el rostro.

Casi todos los ǰuklanuš sirven al legendario Rey Niebla y custodian un manzano mágico que crece frente a su palacio. De este árbol siempre crecen tres manzanas doradas: una que da la felicidad; otra, salud y la tercera, riquezas.

Viven en manadas en bosques y montañas, donde comparten territorio con los loçolico, otra raza de monstruos con los que están enemistados. Basta con que un par de individuos inicien una pelea para que el resto de ǰuklanuš y loçolico se unan en una cruenta batalla. Estos encuentros son tan salvajes que el estruendo que provocan llegaron a dejar sordo a un gitano que los oyó combatir en las montañas. Este hombre se lamentaba de su condición y solía expresar su deseo de encontrarse con un ǰuklanuš, ya que se dice que un solo pelo de la cabeza de estos seres bastaba para curar cualquier dolencia.

Gracias a su fuerza y agilidad, los ǰuklanuš suelen resultar victorioso y, mientras los loçolico huyen y abandonan a su suerte a sus compañeros heridos, los ǰuklanuš pueden sanar por completo si un hombre deja caer algunas gotas de su sangre sobre sus lenguas. Por esto no suelen ser un peligro para los humanos y les ofrecen su ayuda sobre todo si son hostigados por los loçolico.

Figura de un cinocéfalo en el Monstrorum historia de Ulisse Aldrovandi

Fuentes

Berger, Hermann: Mythologie der Zigeuner. Stuttgart (1984).
Кун, Николай: Сказки Цыган. СЗКЭО, San Petersburgo (2023).

Kesali

Las keshali o kešali son unos espíritus femeninos de las leyendas y cuentos gitanos de Europa del Este. Los gitanos ingleses también las conocen como kešalgo. Eran las hermosas hijas del Rey Niebla y vivían con él en su palacio, pero fueron expulsadas cuando el Rey Sol mató a su madre y su padre se puso de luto; desde entonces habitan en las montañas y los bosques.

Pasan los inviernos durmiendo en profundas e inaccesibles cuevas y, cuando empiezan a fundirse las nieves, envían un cuco para que compruebe si ha llegado ya la primavera. Al verlo revolotear y cantando para avisar a sus dueñas, los gitanos dicen: «El cuco está cantando, pronto despertarán las kešali». Al llegar el buen tiempo, se sientan en la cima de las montañas y cantan mientras se peinan con un peine de oro. Al hacerlo, sus finos y etéreos cabellos kilométricos se extienden por los montes y bosques formando la niebla y, si tienen piojos, el granizo.

Son de carácter bondadoso y protegen a los recién nacidos con un hilo rojo que se manifiesta como una marca en sus cuellos. También pueden vestirlos con una camisa que han tejido con sus propios cabellos, tan fina y transparente que nadie puede verla. Los que son bendecidos con estos regalos tendrán buena suerte toda su vida. A pesar de su naturaleza amigable, pueden vengarse de forma terrible si son ofendidas.

Cuando una kešali se enamora de un gitano, le arroja una cuerda dorada por la noche y lo despierta de su sueño. Entonces el muchacho sigue el hilo y se adentra poco a poco en las montañas hasta llegar a la cima, donde le espera la kešali. El amor que acaba profesándole es tan intenso que se olvida de su familia y hogar, por lo que acaba viviendo con ella en lo alto de las montañas. Lamentablemente, su felicidad no dura mucho, porque los hijos que tienen las kešali mueren al poco de nacer y la madre, en su dolor, torna sus vestidos en negro luto, abandona a su amado y se retira a lugares inalcanzables para cualquier hombre. Al verse desamparado y solo, el joven esposo acaba muriendo de tristeza.

Las kešali tienen una reina llamada Ana y era tan bella que hasta el rey de los loçolicos se enamoró de ella y le pidió matrimonio, pero su aspecto repulsivo y su violenta naturaleza ahuyentaron a Ana y se encerró en su castillo de negras piedras. En reprimenda, el rey Loçolico mandó entonces a sus súbditos a que atacasen y devorasen a las kešali. Al final, Ana salió de su fortificación y aceptó casarse con su horrible pretendiente para salvar a su pueblo.

La desdicha de Ana fue a más porque, aunque rechazaba mantener relaciones con el Rey Loçolico, éste la drogó dándole de comer sesos de urraca y abusó de ella cuando estaba inconsciente. De esta forzosa unión nació el demonio Melalo, que desde entonces se dedicó a aconsejar a su padre para que engendrara más hijos con Ana. Tras Melalo nacieron los demonios Lilyi, Tçulo, Tçasridyi, Schilalyi, Bitoso, Lolmischo, Minceskro y Poreskoro. Estos hermanos son la causa de todas las enfermedades y plagas que azotan a los humanos.

Cuando nació Poreskoro, el último y más monstruoso de sus hijos, el Rey Loçolico se horrorizó de sus actos y acordó divorciarse de Ana tras un pacto: los loçolico no atacarían nunca más a las kešali mientras Ana siguiera con vida, pero éstas debían entregarse a ellos voluntariamente para ser devoradas cuando llegaran al límite de sus vidas a los 99 años (o 999 según otras versiones).

Desde entonces Ana permanece recluida en su castillo de piedras negras, donde tres kešali le dan de beber a diario sangre de su mano izquierda para mantenerla con vida. Las pocas veces que sale, lo hace bajo la apariencia de un sapo con la tripa dorada; aquel que se la encuentre y siga sus pasos acabará encontrando grandes tesoros ocultos. Por desgracia, cuando toma esta forma también deja a su paso una sustancia que revitaliza a sus hijos, los demonios de la enfermedad.

Ilustración de L.M. Alexeevskaya para Сказки цыган, de Nikolay Kun

Fuentes

Berger, Hermann: Mythologie der Zigeuner. Stuttgart (1984).
Clébert, J.P.: Los gitanos. Ediciones Orbis, Sant vicenç dels horts (1985).
Кун, Николай: Сказки Цыган. СЗКЭО, San Petersburgo (2023).
Pavelčík, Nina y Jiří: Myths of the Czech Gypsies. Nanzan University (2001).

Sansei

El sansei o Shan Jing (japonés y chino: 山精; espíritu de la montaña), también conocido como Sanki (japonés: 山鬼; demonio de la montaña), es una divinidad de las montañas proveniente de la provincia china de Anguo.

Toriyama Sekien lo plasmó en su Konjaku Gazu Zoku Hyakki como un hombrecillo de una sola pierna vuelta del revés. Mide entre 30 y 120 cm de alto y le encanta la sal, por lo que aprovecha cualquier ocasión para colarse en las cabañas de los leñadores o en los refugios de montaña para robarla y usarla para aderezar las ranas y cangrejos que le sirven de alimento.

Si los leñadores le ofrecen sal voluntariamente, la acepta muy contento y al día siguiente les deja como recompensa cangrejos y aves frente a la puerta de la cabaña, pero si son hostiles contra él, sufrirán una grave enfermedad o verán su casa quemada hasta los cimientos. No suele ser violento, pero en caso de sufrir uno de sus ataques bastaría con gritarle «¡Batsu!» (japonés: 魃), otra manera de pronunciar el nombre del Hiderigami, para ahuyentarlo.

Ilustración de Toriyama Sekien para su Konjaku Gazu Zoku Hyakki

Fuentes

Meyer, Matthew: La hora del encuentro con los espíritus malignos. Quaterni, Madrid, 2020.
Mizuki, Shigeru: Enciclopedia Yokai Vol. 2. Satori, Gijón, 2018.
Sekien, Toriyama: Guía ilustrada de monstruos y fantasmas de Japón. Quaterni, Madrid, 2014.

Loçolico

Los loçolico son, según las leyendas de los gitanos de Europa del este, hombres que hicieron tratos con el Diablo y, una vez concluido su pacto, fueron transformados en horribles criaturas.

Están cubiertos de espeso pelaje, tienen grandes orejas, brazos el doble de largos que los de un humano corriente y piernas tan delgadas como cañas. La fuerza vital de los loçolico reside en las plantas de sus pies, por lo que si se le chamuscan, pierden las energías y mueren; es entonces cuando los diablos creman sus cadáveres y utilizan las cenizas resultantes para convertir en loçolico a otros hombres.

Como no existen hembras de loçolico, éstos se dedican a raptar vírgenes para llevárselas a sus moradas, las transforman en yeguas con su orina y abusan de ellas hasta la muerte. Por suerte, las Kesali, una especie de hadas de los bosques, protegen a algunos bebés de los loçolico y la mala suerte vistiéndolos con una camisa invisible tejida con sus finos cabellos.

Las habilidades mágicas de transmutación de estos malvados seres se ve en el cuento La cruel condesa y el amable Loru (ruso: Жестокая графиня и добрый Лору), donde un loçolico ayudó a Loru, un muchacho protegido por una de las camisas de las kesali, a realizar la imposible tarea de plantar el roble más grande y viejo del bosque en el castillo de la condesa para la que trabajaba.

Con una palmada, el loçolico hizo aparecer un carro tirado por tres viejas y decrépitas yeguas, arrancó de cuajo el roble con su terrible fuerza y en un abrir y cerrar de ojos llegó al castillo junto con Loru. Allí desveló que llevaba tiempo rondando a la condesa y que las yeguas que tiraban de su carro eran en realidad la abuela, la madre y la hermana de ésta. Ahora que tenía a la condesa en su poder, todo el castillo quedó en manos de Loru, el cual se convirtió en un buen hombre que dedicó su fortuna a ayudar a todo el que lo necesitase.

Sin embargo, la leyenda más famosa en la que aparecen los loçolico es aquella en la que se explica el origen de las enfermedades, pues estaban provocadas por los monstruosos hijos que tuvo el rey de los loçolico con Ana, la reina de las kesali.

Ana se casó en contra de su voluntad, pues el rey Loçolico mandó a sus súbditos a que atacasen a las kesali hasta que su reina no saliera de su fortificación y le aceptara en matrimonio. Pese a su unión, Ana sentía tanto asco por su nuevo esposo que se negaba a tener relaciones con él, así que, siguiendo los consejos de un sapo dorado, el rey Loçolico la drogó dándole de comer sesos de urraca.

Después de forzarla en estado inconsciente, la dejó embarazada del perverso Melalo, que desde entonces se dedicó a dar indicaciones a su padre para que siguiera abusando de Ana. Tras Melalo nacieron los demonios Lilyi, Tçulo, Tçasridyi, Schilalyi, Bitoso, Lolmischo, Minceskro y Poreskoro. Este último era tan espantoso que hasta su propio padre quedó horrorizado de sus actos y acordó divorciarse de Ana tras un acuerdo: mientras Ana viviese, los loçolico no podían dañar a las kesali y, cuando estas cumplieran 99 años (o 999 según otras versiones), debían entregarse voluntariamente a ellos.

A parte de las kesali, también están en perpetua guerra con los juklanus, hombres con cabeza de perro, con los que luchan en los bosques ferozmente todas las noches.

Loru y el Losholich, ilustración de L.M. Alexeevskaya para Сказки цыган, de Nikolay Kun

Fuentes

Berger, Hermann: Mythologie der Zigeuner. Stuttgart (1984).
Clébert, J.P.: Los gitanos. Ediciones Orbis, Sant vicenç dels horts (1985).
Кун, Николай: Сказки Цыган. СЗКЭО, San Petersburgo (2023).
Pavelčík, Nina y Jiří: Myths of the Czech Gypsies. Nanzan University (2001).

Sakabashira

Según la tradición japonesa, a la hora de construir una casa se deben colocar los pilares de madera siguiendo el crecimiento natural del árbol del que fueron fabricados. Si por algún error se colocasen al revés, el pilar se llenaría de rencor y se transformaría en un yokai conocido como Sakabashira (japonés: 逆柱; pilar invertido).

Furioso por su situación, al sakabashira le empiezan a brotar hojas y se convierte en un foco de mala suerte y fenomenología poltergeist de manera similar a la de los yanari, emitiendo extraños crujidos por la noche, moviendo cosas, trayendo la ruina económica al hogar o incluso provocando incendios. Según se cuenta, en la casa de un comerciante de Odawara, durante una celebración, se escuchó una voz que decía «¡Me duele mucho el cuello!». Tras buscar por todas partes, descubrieron que el quejido provenía de una columna del salón que había sido instalada cabeza abajo.

Pese a esta creencia, a veces se colocaban a propósito columnas invertidas como método para evitar la mala suerte, pues también se decía que «una vez terminada la casa, empieza a desmoronarse». El caso más famoso es el de la puerta de Yōmeimon en el templo de Nikkō Tōshō-gū, pues su columna izquierda fue instalada cabeza abajo a sabiendas.

Ilustración de Shigeru Mizuki

Fuentes

Meyer, Matthew: La hora del encuentro con los espíritus malignos. Quaterni, Madrid, 2020.
Mizuki, Shigeru: Enciclopedia Yokai Vol. 2. Satori, Gijón, 2018.
Sekien, Toriyama: Guía ilustrada de monstruos y fantasmas de Japón. Quaterni, Madrid, 2014.

Zitiron

El zitiron (posible corrupción del griego κητος; ballena/monstruo marino), también conocido como «soldado marino», es un animal acuático dotado de un poderoso torso similar al de los hombres, pero de cintura para abajo tiene cola de pez. Va armado con una espada y su cabeza, de piel arrugada, dura y firme, parece cubierta por un casco. De su cuello, que está plagado de fuertes venas y nervios hasta los hombros, cuelga un gran escudo cóncavo, largo y ancho para defenderse de los golpes. Éste tiene forma triangular y es tan resistente que difícilmente puede ser penetrado por una lanza.

Estos seres pueden asestar pesados golpes con sus largos y poderosos brazos, los cuales acaban en unas manos bifurcadas. Por esto son difíciles de atrapar y de dar muerte, hecho que sólo se puede lograr atacándoles con martillos. Alberto Magno aseguró que se encontraron ejemplares de estas criaturas en el mar Británico y que pertenecen a la familia de las tortugas, animal al que los pescadores germanos y flamencos también llamaban «soldado».

Ilustración del poema Der Naturen Bloeme de Jacob van Maerlant

Fuentes

A Book of Creatures: Zitiron.
Gessner, Conrad: Historia animalium IV. Christoph. Froschoverum, Zúrich (1553).
Paré, Ambroise: Les oeuvres d'Ambroise Paré. Nicolas Buon, París (1628).

Ao bozu

El ao bōzu (japonés: 青坊主; monje azul) es uno de los muchos yokai que se muestran bajo el aspecto de un monje budista. El resto de sus características, como el tamaño, hábitat o número de ojos, varía según la historia.

Toriyama Sekien lo plasmó sin ninguna descripción en su Gazu hyakki yagyō como un monje de un sólo ojo. El ao de su nombre (青) tal vez se refiera a que su piel es de un tono azulado, pero como en Japón este color se utiliza para designar a algo inmaduro, también podría indicar que se trataba de un monje primerizo e inexperto o, incluso, corrupto.

Las leyendas de estos yokai aparecen por diferentes regiones de Japón. En Okayama habitan en casas deshabitadas y se les describía con dos ojos y de tamaño gigantesco. Más al este, en la prefectura de Shizuoka, eran utilizados como asustaniños, pues se decía que salían en primavera a los campos de cebada y trigo cuando oscurecía y se llevaban consigo a cualquier niño que encontraban fuera de casa a esas horas.

En Kagawa cambian de víctimas y se presentan de madrugada ante mujeres jóvenes con una simple pero horrible pregunta: «¿Quieres ser ahorcada?». Si contestan rápidamente que no, se salvan, pero si se paralizan por el miedo o siguen su camino intentando huir, el ao bōzu las atrapa y cuelga del cuello. Si nos vamos al extremo oeste de la isla de Honshu, en Yamaguchi, veremos que son considerados dioses menores y se dedican a retar a los humanos a un combate de sumo. En esta región apenas tienen el tamaño de un niño pero cuentan con una fuerza sobrehumana, así que la gente que se confía y acepta el reto se ve derrotada en el suelo en el acto y a veces con consecuencias fatales.

Ilustración de Toriyama Sekien

Fuentes

Meyer, Matthew: La hora del encuentro con los espíritus malignos. Quaterni, Madrid, 2020.
Sekien, Toriyama: Guía ilustrada de monstruos y fantasmas de Japón. Quaterni, Madrid, 2014.

Tzoniztac

El tzoniztac (náhuatl: el que tiene canas; cabeza blanca) es un misterioso animal que Bernardino de Sahagún incluyó en su Historia general de las cosas de Nueva España cuando trató sobre la fauna mexicana.

Esta criatura habitaba en la provincia de Toztlan, lo que actualmente se conocería como Sierra de los Tuxtlas, y era más o menos del tamaño de un jaguar, de patas cortas, cuerpo grueso y cola larga. Su pelaje era totalmente de color negro salvo por la cabeza, que era blanca, de ahí su nombre. Se alimentaba de bestias salvajes y, a la hora de cazar, gruñía como un gato.

Estos animales no solían dejarse ver, lo cual era bueno, pues su presencia era presagio de malos augurios. Si el que aparecía tenía la cabeza amarillenta, quería decir que el que lo vio moriría en un corto período de tiempo, pero si tenía la cabeza blanca, era señal de que viviría muchos años pero en pobreza.

Ilustración del Códice Florentino

Fuentes

De Sahagun, Bernardino: Historia general de las cosas de Nueva España, tomo III. Pedro Robredo, México (1938).

Ouni

La Ouni (japonés: 苧うに), también conocida como Wauwau (japonés: わうわう), es un yokai femenino que Toriyama Sekien incluyó en su Gazu hyakki yagyō sin dar ninguna clase de información sobre él. El o (苧) que constituye su nombre hace referencia a la planta del ramio y a la fibra que se extrae de ella porque dichas hebras recuerdan al aspecto de su enmarañada cabellera.

Shigeru Mizuki creía que se trataba de una yama-uba de naturaleza afable y recogió una leyenda de la prefectura de Niigata sobre una Ouni que se dedicaba a tejer hebras de ramio.

Antiguamente, en las montañas de la aldea de Kotaki, en lo que actualmente es la ciudad de Itoigawa, vivía una yama-uba que una noche se unió a las mujeres de la casa de Yamagishi Shichibei para entretejer fibras de ramio. La Ouni se puso a mordisquear las hebras y en apenas unos instantes llenó todo un tonel con haces preparados de la planta. Tras esto, se despidió de las mujeres con una reverencia y se marchó sin dejar rastro. Dicen que todavía hoy, en una roca situada detrás de lo que fue la casa de Shichibei, se conserva la huella del pie que dejó entonces esa yama-uba.

Ilustración de Shigeru Mizuki

Fuentes

Meyer, Matthew: La hora del encuentro con los espíritus malignos. Quaterni, Madrid, 2020.
Mizuki, Shigeru: Enciclopedia Yokai Vol. 2. Satori, Gijón, 2018.
Sekien, Toriyama: Guía ilustrada de monstruos y fantasmas de Japón. Quaterni, Madrid, 2014.

Escítala

La escítala (latín: scytale), llamada también scytall, scicalis, picalis, sciscetalis, scyseculus, scysceculus y situla, es una de las serpientes que nacieron en el desierto de Libia cuando cayeron en sus arenas algunas gotas de sangre de la cabeza cercenada de Medusa que portaba Perseo al sobrevolar la zona.

Esta serpiente era de color terroso y tenía la cola corta, ancha y roma, más gruesa que el resto del cuerpo, por lo que se hacía difícil distinguir en qué extremo se encontraba su cabeza. También era de movimientos muy lentos, pero eso no le era un impedimento a la hora de cazar, pues utilizaba unas manchas de colores muy vivos que tenía en el lomo para cautivar e hipnotizar a sus presas. Su nombre posiblemente venga de scintilla (latín: chispa, centelleante) en referencia a estas manchas brillantes.

Lucano sólo dijo de ella en su Farsalia que era la única serpiente capaz de mudar de piel durante las estaciones frías, cuando aún había escarcha en los campos, por lo que se ha interpretado que su cuerpo debía ser extremadamente caliente para ser capaz de soportar esas temperaturas. Es más, para poder hacer brillar las escamas de su lomo primero debía desprenderse de su vieja piel en invierno, de otro modo carecerían de lustro y resplandor.

En The history of four-feeted beasts de Edward Topsell se cuenta que su mordedura era similar a la de la anfisbena: pequeña y difícil de detectar, pero producía inflamación y una muerte lenta. Debía tratarse de igual manera que el veneno de las víboras, pero Topsell afirmó que el único remedio que conocía era uno mencionado por Plinio el Viejo: cilantro bebido por el paciente o aplicado sobre la herida.

Grabado de Historiae serpentum et draconum, de Ulisse Aldrovandi

Fuentes

Aldrovandi, Ulisse: Serpentum et draconum historiae. (1640).
Sevilla, Isidoro de: Etimologías. Biblioteca de autores cristianos, Madrid, 2004.
Lucano: Farsalia. Gredos, Madrid (1984).
Topsell, Edwatd: The history of four-footed beasts, serpents and insects. E. Cotes, Londres (1658).

Gagoze

En el Nihon Ryōiki (japonés: 日本霊異記; Crónica de hechos milagrosos de Japón) se cuenta que en la provincia de Owari, durante la época del emperador Bidatsu, cayó a la tierra un dios del trueno en forma de rayo. Unos campesinos que no podían tener hijos ayudaron a la divinidad a regresar al cielo y éste, en agradecimiento, les concedió un hijo que acabaría siendo tan fuerte como él.

Tal y como les prometió, el niño creció con una fuerza tan asombrosa que venció a un príncipe en una competición de fuerza a los diez años. De este modo llamó la atención de la corte imperial, donde se estimó que alguien tan prodigioso no podía desperdiciar su vida como campesino y lo ordenaron aprendiz en el templo Gangō-ji.

Poco después de unirse al Gangō-ji, un espíritu maligno comenzó a acabar con los aprendices que se quedaban por la noche a cargo del campanario del templo. El hijo de los campesinos se dispuso a atrapar a la criatura y se encargó de hacer guardia en el campanario toda una noche.

Tal y como esperaba, a la medianoche apareció un espíritu horrible y encorvado arrastrándose hacia el lugar, pero intentó huir en cuanto se percató de la imponente presencia del muchacho. Antes de escabullirse, el chico logró agarrar del pelo al espectro y descubrió que se trataba de un reiki, pero la criatura se revolvió con tanto pánico que logró liberarse perdiendo un gran mechón de pelo e incluso el cuero cabelludo.

Al día siguiente siguieron el rastro de sangre que dejó el espectro y les condujo a la tumba de un malvado sirviente que había sido contratado por el templo con anterioridad. Su espíritu se había transformado en este fantasma demoníaco que acabó siendo llamado Gangōji no oni (japonés: 元興寺の鬼; Oni de Gangō-ji) o Gagoze (japonés: 元興寺), y de ahí que los niños del período Edo utilizasen ese término y otros similares, como Gagoji, Gangō o Gango, para referirse de forma genérica a otros monstruos o yokai.

Para terminar la historia, el joven monje continuó viviendo en el templo y recibió el nombre de Dojo-bōshi, donde también fue recordado por labrar con su prodigiosa fuerza los campos del lugar.

Ilustración de Shigeru Mizuki

Fuentes

Meyer, Matthew: La hora del encuentro con los espíritus malignos. Quaterni, Madrid, 2020.
Mizuki, Shigeru: Enciclopedia Yokai Vol. 1. Satori, Gijón, 2017.
Sekien, Toriyama: Guía ilustrada de monstruos y fantasmas de Japón. Quaterni, Madrid, 2014.

Crisaor

Crisaor (griego: Χρυσαωρ; Espada dorada) fue un gigante de la mitología griega hijo de Poseidón y Medusa. Su nacimiento fue algo prodigioso, pues brotó del cuello de la gorgona junto a su hermano Pegaso cuando el héroe Perseo le cortó la cabeza para llevarla ante el rey Polidectes.

Recibió su nombre porque al nacer portaba una espada de oro entre sus manos, aunque Diodoro Sículo explicó que en realidad se trataba de un gran rey de Iberia llamado así por sus riquezas. Además, junto a la oceánide Calírroe, fue el padre de Gerión, gigante de tres cuerpos al que dio muerte Heracles cuando fue en busca de sus preciados bueyes.

El nacimiento de Pegaso y Crisaor, de Edward Burne-Jones

Fuentes

Apolodoro: Biblioteca mitológica. Gredos, Madrid (1985).
Diodoro Sículo: Biblioteca histórica IV-VIII. Gredos, Madrid (2004).
Hesíodo: Obras y fragmentos. Gredos, Madrid (1978).

Tenome

El tenome (japonés: 手の目; Ojos en las manos) es un yokai que se manifiesta de noche por campos y cementerios como un viejo zatō, ciegos que antiguamente desempeñaban ciertas labores como el canto o la acupuntura. Lo escalofriante de ellos es que no tienen los ojos en la cara, sino en las palmas de las manos.

Es posible que el tenome fuera en su origen un zatō que fue asesinado por una banda de ladrones cuando atravesaba un campo de juncos. Al haber sufrido una muerte tan violenta y repentina, su espíritu no pudo alcanzar la paz budista y permaneció en este mundo como un yokai que busca a sus asaltantes lleno de rencor.

Matthew Meyer cuenta que este zatō se maldijo por no haber podido ver el rostro de sus asesinos, quejándose de que ojalá sus ojos hubieran servido para algo aunque los tuviese en las palmas de las manos, de ahí el aspecto que ahora tiene este espíritu. Por su parte, Shigeru Mizuki dijo que, a fuerza de tantear a ciegas y palparlo todo, desarrolló ojos en las manos para poder guiarse en las noches de luna llena.

Una leyenda de Kyoto cuenta que un joven entró de noche a un cementerio en Shichijogawara para probar su valor, pero se vio sorprendido por un tenome que comenzó a perseguirle en la oscuridad. En su huida, el muchacho llegó hasta un templo cercano donde pidió auxilio. El sacerdote al cargo del lugar lo escondió en un baúl y se marchó creyendo que así estaría a salvo, pero el tenome entró en el edificio y localizó al chico olfateando el aire como un animal. Cuando llegó al baúl, le sorbió todos los huesos y sólo dejó la piel vacía del pobre desdichado.

Ilustración de Shigeru Mizuki

Fuentes

Meyer, Matthew: La hora del encuentro con los espíritus malignos. Quaterni, Madrid, 2020.
Mizuki, Shigeru: Enciclopedia Yokai Vol. 2. Satori, Gijón, 2018.
Sekien, Toriyama: Guía ilustrada de monstruos y fantasmas de Japón. Quaterni, Madrid, 2014.

Urdarkottur

El urðarköttur (islandés: gato de los acantilados/enterrado) es, según las creencias islandesas, la terrible criatura en la que se puede convertir un gato doméstico cuando se vuelve salvaje.

En este gélido país se creía que los gatos machos eran más propensos a asilvestrarse, por lo que se les solía castrar para aplacar sus ánimos más crueles o incluso se les cortaban las puntas de las orejas, ya que así les entraba agua en los oídos cuando llovía y procurarían quedarse siempre en casa. Desgraciadamente esto no siempre funcionaba y, aquellos que se escapaban siguiendo sus instintos, acababan volviéndose más fieros, crecían en tamaño y desarrollaban un pelaje largo y espeso.

Los peores ejemplares acababan enterrándose bajo tierra durante tres años en un cementerio para alimentarse de los cuerpos de los difuntos. A estos se les conoce como naköttur (islandés: gato de los cadáveres) y podían llegar a ser tan grandes como perros, carneros, potros o incluso bueyes. En este estado son especialmente peligrosos, pues comienzan a incluir carne humana en su dieta, dejan de envejecer y su mirada se vuelve mortal como la del basilisco, aunque se creía que sólo poseían esta maligna habilidad la primera vez que abrían los ojos cuando emergían de debajo de la tierra. Visto lo visto, estas terribles fieras sólo podían conocer la muerte de dos maneras: si se veían reflejados en un espejo o disparándoles con una bala o botón de plata.

Ilustración de Arngrímur Sigurðsson para su libro Museum of hidden beings

Fuentes

A book of creatures: Skoffin.
Ægisson, Sigurður: Meeting with monsters: an illustrated guide to the beasts if Iceland. Forlagið, Reykjavík (2023).
Árnason, Jón: Íslenzkar þjóðsögur og æfintýri. J. C. Hinrichs, Leipzig (1862).
Sigurðsson, Arngrímur: Museum of hidden beings: A guide to Icelandic creatures of myth and legend. Eye of Newt Books Inc., Toronto (2021).

Antílope

En los bestiarios medievales y antiguos libros naturalistas se hace mención de un animal conocido como antílope. Por supuesto, no se trataba de los animales ungulados que conocemos actualmente con el mismo nombre, de ahí que, por su vaga naturaleza, se le llamase de infinidad de maneras derivadas de algún término extranjero: acolopus, analopos, andolap, antalope, antalops, antaplos, antelups, antula, aptalus, aptolos, autalops, autolops, autula, calopus (griego: καλόπους; de bellos pies), capelus, capeluste, entulla, hydrops, jachmur, jamur, yamur (árabe: يامور) y muchos más. También reciben el nombre de aeternae (latín: eterno) por su juventud y longevidad.

Estas bestias tenían aspecto de corzo y estaban dotadas con unos grandes cuernos curvados y aserrados. Vivían en Siria, cerca del río Éufrates, de cuyas frías aguas solían beber para refrescarse. Alejandro Magno y sus soldados, tal y como se menciona en una de las cartas que le envió el rey macedonio a Aristóteles, fueron atacados por ellas en su marcha hacia la India y pudieron comprobar cómo sus afilados cuernos atravesaban sus escudos. Este encontronazo acabó con la muerte de ocho mil cuatrocientos cincuenta antílopes, por eso ahora son tan escasos y raros de ver.

De los antílopes se decía que eran muy veloces y astutos, por lo que los cazadores eran incapaces de acercarse a ellos. Para su desgracia, a estos animales les gustaba utilizar sus cuernos a modo de sierra para talar grandes árboles, pero cuando lo intentaban con arbustos o árboles más pequeños y de ramas más delgadas, se veían incapaces de cortarlos y se les enredaban los cuernos con la maleza. Al quedar atrapados, comenzaban a gritar y así delataban su posición, siendo presa fácil para los cazadores.

Grabado de The history of the four-footed beasts, de Edward Topsell

Fuentes

A book of creatures: Calopus.
The Medieval Bestiary: Antílope.
Wiktionary: ἀνθόλοψ.
Albertus Magnus: De animalibus XXVI. Aschendorff Verlag, Münster (1920).
Barber, Richards y Riches, Anne: A dictionary of fabulous beasts. Walker and Company, New York (1971).
Berger de Xivrey, Jules: Traditions tératologiques. Imprimerie Royale, Paris (1836).
Bochart, Samuel: Opera Omnia: Phaleg, Chanaan et Hierozoicon. Samuel Luchtmans, Brittenburg (1712).
Rose, Carol: Giants, monsters and dragons. ABC-CLIO Inc, California (2001).
Topsell, Edward: The history of four-footed beasts, serpents and insects. E. Cotes, Londres (1658).).

Sunamura no onryo

El sunamura no onryō (japonés: 砂村の怨霊; fantasma vengativo de Sunamura) es un yokai que aparece en el juego de mesa Mukashibanashi bakemono sugoroku (japonés: 百種怪談妖物雙六; Sugoroku de las historias de monstruos) ilustrado por Yoshikazu Utagawa.

Este ser tenía una pesada calabaza por cabeza y su cuerpo era una maraña de hojas y enredaderas entrelazadas. Según la leyenda, aparecía noche tras noche para perseguir y asustar a los habitantes del pueblo de Sunamura, famoso durante el período Edo por su producción de calabazas y que actualmente es el barrio Kōtō de Tokyo.

Poco más se sabe del Sunamuna no onryō, pero tal vez fuera bastante conocido en el siglo XIX ya que Yoshikazu Utagawa lo plasmó en su juego de mesa junto a otros yokai muy populares a día de hoy, como los kappa, bakeneko, tanuki y demás.

Dibujo del juego de mesa Mukashibanashi bakemono sugoroku diseñado por Yoshikazu Utagawa

Fuentes

Meyer, Matthew: Sunamura no onryo

Zuzidun txakurra

El zuzidun txakurra (euskera: perro de la tea) es un perro espectral que aparecía portando una antorcha encendida en la boca en Barakaldo. Siempre se mostraba la noche siguiente de que muriese algún habitante de la localidad y, cuando alguien se encontraba con él, se escapaba y desaparecía en el acto al meterse en el primer río, arroyo o charca que encontraba.

Un vecino del lugar logró atraparlo mediante ciertos procedimientos cristianos y descubrió que se trataba del alma en pena de un ladrón que no pudo confesar sus pecados antes de morir. Tras complacer las peticiones del difunto, como devolver lo que robó en vida, el perro de la tea no volvió a aparecerse más.

Dibujo de Iván Landa para Nosotros los vascos V: Mitos, leyendas y costumbres, de José Dueso

Fuentes

Dueso, José: Nosotros los vascos V: Mitos, leyendas y costumbres. Lur Argitaletxea S.A., Donostia (1990).
Marínez de Lezea, Toti: Leyendas de Euskal Herria. Erein Argitaletxea, S.A., Donostia (2021).
Martín Sánchez, Manuel: Seres míticos y personajes fantásticos españoles. EDAF, Madrid, (2002).

Noderabo

El noderabō (japonés: 野寺坊; monje del templo del campo) es uno de los muchos yokai que dibujó Toriyama Sekien en su Gazu Hyakki Yagyō (japonés: 画図百鬼夜行; El desfile nocturno de los cien demonios ilustrados). A parte de su aspecto, que es el de un monje budista demacrado y monstruoso, no se sabe nada más de él.

Al folklorista japonés Shigeru Mizuki le contaron cuando era niño que era este yokai el que hacía sonar las campanas de los templos budistas en los que ya no vivía nadie. Para Matthew Meyer el noderabō fue una vez un monje que, por haber pecado y vivido en deshonor, dejó de ser bienvenido en pueblos y ciudades y buscó refugio en viejos templos abandonados en las afueras, transformándose así en yokai.

Tal vez el origen de este fantasma se encuentre en Nodera, un lugar situado en la antigua provincia de Mushashi, donde hoy se erige la actual ciudad de Niiza (Saitama). Antaño, un ladrón se llevó la campana de bronce del templo de la ciudad, pero fue pillado en pleno acto y dejó caer la campana en un estanque, donde quedó atascada y que por ella recibió el nombre de Kanegafuchi (japonés: 鐘ヶ渕; estanque de la campana).

Pasado un tiempo, un joven monje desobedeció las órdenes del sacerdote de su templo y se pasó el día ganduleando con otros niños. Al llegar la tarde, se vio tan avergonzado que se suicidó tirándose al Kanegafuchi, donde sus llantos aún reverberan en la vieja campana de bronce todas las noches. Desde entonces pasó a ser conocido como el fantasma de Noreda, o el noderabō, y de él sacaría la inspiración Toriyama Sekien para su obra.

Ilustración del Kaibutsu gahon

Fuentes

Meyer, Matthew: La hora del encuentro con los espíritus malignos. Quaterni, Madrid, 2020.
Mizuki, Shigeru: Enciclopedia Yokai Vol. 2. Satori, Gijón, 2018.
Sekien, Toriyama: Guía ilustrada de monstruos y fantasmas de Japón. Quaterni, Madrid, 2014.